El adiós a Nestor Kirchner.

Puedo decir, como muchos, como todos, casi, que me sorprendió la noticia. Pero aun mas me sorprendió la respuesta de miles de ciudadanos que se volcaron a la calle a expresar su dolor por la pérdida de un político y el apoyo a su mujer, como mujer que ha perdido a su compañero, y como presidenta que ha perdido un apoyo importante. Durante horas, vimos por televisión el incesante desfile frente al féretro y frente a la estoica mujer que permanecía a su lado. Personas del pueblo, humildes, trabajadores, jubilados y, sobre todo, jóvenes que han encontrado que la política también existe, que la militancia no se acabó en los 70´ y que el "no te metas" impuesto por la retórica pedagógica del miedo ha pasado de moda.
Es innecesario enumerar los logros de la gestión de Nestor Kircher. Ya otros se han ocupado de esto. También es innecesario reparar en sus errores, hay quien se ocupa profesionalmente de esto. Intento reflexionar sobre el proceso histórico abierto en 2003 con la elección del ex gobernador de Santa Cruz.
La asunción presidencial de Nestor Kirchner el 25 de mayo de 2003 fue como una tregua, una revancha de la democracia frente a tanto dolor y tanta rabia después de atravesar la tormenta de diciembre de 2001. Desde aquí, sin partido, sin aliados, sin legisladores ni gobernadores ni intendentes adictos, sin sindicatos que lo apoyen ni bases que lo sustenten, el presidente fue gestando un gobierno distinto. La búsqueda de la verdad histórica y la reparación de los crímenes cometidos en el pasado se hicieron su norte. La integración latinoamericana también fue política de estado, dando un giro de ciento ochenta grados con respecto a las "relaciones carnales" de los 90 con Estados Unidos. 

Néstor Kirchner puso al estado por sobre la empresa. El Estado transformado en protector de sus ciudadanos, en guardián de los intereses de la mayoría, en redistribuidor de la riqueza del país, en tutor de los intereses de las minorías, en administrador de los bienes del estado, en proveedor de seguridad social y, sobre todo, en motor de los cambios. A su estilo debemos un bien enorme y pocas veces valorado: la restauración del debate político y la vuelta de la juventud a la política. No faltan los idiotas que, muertos de miedo, comparan a estos jóvenes que lloraron al desaparecido primer mandatario con las juventudes hitlerianas. No faltan los que ven un Apocalipsis en el resurgimiento del sindicalismo, ni los que ahora afilan las garras esperando dar el zarpazo sobre quien creen debilitado y abatido. No faltan los que quieren volver a convertir el congreso en el lobby de un hotel y que piden “bajar el nivel de confrontación” para retomar “la agenda de recuperación insitucional” (publicado en página/12 el 2/11/10).


El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner es la continuidad del proyecto de Néstor. Sus lineamientos se pueden distinguir claramente, como así también es notable la impronta de la presidenta, que ya está de nuevo al frente del gobierno, que no va a claudicar ni a mudar de principios.


Néstor Kirchner no lo hubiera permitido. El, que dijo que no iba a dejar sus ideas en la puerta de la Casa Rosada, él, que pidió perdón por los años y los crímenes de la dictadura, él, que domó las fieras y calmó tormentas, no lo hubiera permitido.


Nos tocarán tiempos difíciles, seguro, a quienes reconocemos este modelo mejor que otros que hemos visto andar y caer. Veremos mucha rapiña y oportunismo. Oiremos que exigen, que claman, que piden. De nosotros depende saber distinguir y saber elegir cuando llegue el momento. De nosotros depende hacer oídos sordos a las calumnias y a la depredación verbal, pública y mediática que vamos a ver.


Bueno es reconocerlo.


Ladran, Sancho…señal que cabalgamos.

martes, 2 de noviembre de 2010 1 Comment

Las montoneras en América Latina. Pueblo de armas tomar.


En la historiografía latinoamericana, se entiende por montonera al grupo de hombres armados, generalmente sin instrucción militar y de extracción popular que combatieron en las guerras de independencia y en los diversos procesos de organización nacional que sucedieron a aquel período.
Las montoneras eran formadas, usualmente, en el ámbito rural, reuniendo partidas de hombres bien montados, armados de lanza, sable, boleadoras y algunas armas de fuego. Muy diestros en el uso de la caballería y conocedores del terreno en el que operaban, mandados por jefes de gran ascendiente y carisma, tuvieron suceso diverso durante las guerras de independencia americanas y protagonizaron no pocas hazañas.
Tal es el caso de las montoneras de Martín Miguel de Güemes, que defendieron la frontera norte contra las incursiones de los ejércitos de línea realistas, obligándolos en repetidas ocasiones a abandonar el terreno que invadían con severas pérdidas.
Contra el mismo enemigo lucharon los caudillos de las llamadas “republiquetas” altoperuanas durante quince años. Nombres como Padilla, Warnes, Camargo, Arenales, Muñecas, Azurduy, Uriondo o Lanza han quedado como paradigmas de la guerra irregular en el siglo XIX.
Otro caso es el de las montoneras de Manuel Rodríguez en Chile, que operaron en el período que media entre la Patria Vieja y el triunfo del Ejército de los Andes. También puede dársele ese nombre a los llaneros de José Tomas Boves, líder realista que combatió con elementos populares la revolución independentista venezolana y a las de muchos otros jefes, realistas o revolucionarios, que protagonizaron aquellos años de guerra en Tierra Firme.
Lo mismo ocurre en Perú, donde las montoneras colaboran activamente con la expedición libertadora de José de San Martín insurreccionando la sierra, cortando comunicaciones y líneas de suministro hasta rodear a Lima. Basilio Auqui Huaytalla, capitán de los Morochucos de Ayacucho, tuvo en vilo a las tropas del general Carratalá provocándole severos reveses. También hubo montoneras realistas que combatieron contra los independentistas reivindicando la autoridad del rey.
En todos los casos puede reconocerse una impronta popular importante en la composición de las montoneras. Muchas fueron formadas mayoritariamente por indígenas y fueron indígenas algunos de sus mas célebres jefes, como en el caso de Andrés Guazurary, o Andresito Artigas, líder guaraní que combatió con Manuel Belgrano primero y luego bajo las órdenes de su padrino José Gervasio Artigas en la zona de las misiones contra realistas, portugueses y unitarios argentinos.
Las tropas de Artigas, tanto en la Banda Oriental como en el Litoral argentino, fueron agrupaciones de montoneras preparadas tanto para pelear en conjunto como para hacerlo en pequeños grupos, lo que les otorgó gran autonomía y capacidad de maniobra.
Cabe destacar que las montoneras se reunían, por lo general, al llamado de algún jefe de renombre, que no eran levas forzosas las que engrosaban las filas sino voluntarios de los estratos mas bajos de la sociedad que se unían por fidelidad al líder, por afinidad ideológica y muchas otras veces, también, como medio para obtener algún botín. No faltaron, tampoco, reos y prisioneros que fueran incorporados a las montoneras por el caudillo que conquistara un poblado, pero, lo común, era que siguieran voluntariamente las banderas que en su consideración flameaban por la causa justa.
No faltaron guerrillas y montoneras leales a la causa del Rey. En el sur de Chile, caudillos realistas como Quintanilla y Vicente Benavídez mantuvieron la lucha contra la nueva autoridad republicana. Luego fueron los hermanos Pincheira, personajes que llevaron sus correrías hasta la Patagonia argentina, quienes reunieron montoneras con la bandera de España al tope. En Colombia, los habitantes de la región de Pasto, realistas acérrimos, resistieron con montoneras los intentos de sometimiento que los independentistas traían desde el norte. En Perú, los iquichanos al mando de Antonio Navala Huachaca, sostuvieron montoneras en pos de la restauración del antiguo orden en 1826 y 1827.
Sin embargo, fue durante las luchas por la organización nacional de los nuevos estados que las montoneras vivieron su mayor esplendor.
En Argentina, las disputas entre unitarios y federales, que iniciaron con la independencia, fueron protagonizadas por este tipo de fuerzas. Usualmente, las montoneras enfrentaban a cuerpos de ejércitos de línea con variada suerte golpeando y retirándose en feroces cargas de caballería a lanza, sable y boleadoras. Caudillos como Facundo Quiroga, José Félix Aldao, Nazario Benavídez, Juan Bautista Bustos, Felipe Ibarra, Estanislao López, Francisco Ramírez, Juan Manuel de Rosas o Alejandro Heredia combatieron en innumerables ocasiones contra Juan Galo Lavalle, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Paz y otros. Finalmente, el federalismo fue vencido en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, aunque esto no significó el fin de las montoneras que siguieron reuniéndose en el interior al llamado de Chacho Peñaloza, Felipe Varela y Ricardo López Jordán.
En Brasil, los separatistas riograndenses levantaron montoneras que asolaron la campaña durante la Guerra dos farrapos. En Uruguay, Fructuoso Rivera y Manuel Oribe hicieron lo propio.
Hubo montoneras en los llanos de Venezuela y Colombia, en la costa de Ecuador y en la sierra peruana, resistiendo al invasor chileno luego de la guerra del Pacífico al mando del Taita Cáceres.
En Cuba, los mambíses, temibles jinetes armados de machete, enfrentaron a los soldados españoles entre 1868 y 1898 en sucesivas guerras y, por su composición, tácticas y armamentos también puede catalogárselos como montoneras.
Generalmente, la participación de las montoneras en los procesos independentistas y de organización nacional de los estados latinoamericanos fue despreciada por la historia oficial, como así toda manifestación popular. La montonera era el pueblo en armas, el arriero, el comerciante, el pastor, el labriego, el artesano, el peón, el indio. Ceñida la vincha gaucha a la frente y media tijera de esquilar al tope de una caña.
El ámbito rural fue su escenario y su sustento, y su causa, la causa de la libertad como era entendida entonces.
Durante la década del 70, en argentina un grupo armado de izquierda tomo el nombre de Montoneros, protagonizando no pocas páginas de sangre en aquellos años de plomo.

miércoles, 13 de octubre de 2010 Leave a comment

Termópilas Americanas. Parte IV.

Cerro de la Caballada.

Durante la guerra entre la República Argentina y el Imperio del Brasil, varios fueron los actos de heroísmo en uno y otro bando. Uno de los menos recordados por la historiografía argentina es el que ocurrió durante el intento de toma del pueblo de Carmen de Patagones por parte de una escuadra brasileña compuesta por cuatro buques y 613 hombres al mando del capitán de fragata James Shepherd.
Patagones era un poblado de poco más de quinientos habitantes, alejado de cualquier posibilidad de refuerzos. La plaza estaba a cargo coronel Martín Lacarra quien, logra reclutar, entre los vecinos, un centenar hombre de infantería, unos ochenta gauchos de a caballo, un piquete de artillería, unos doscientos corsarios, y un grupo de negros voluntarios.
Lacarra, organiza la defensa y ordenando al coronel Pereyra emplazar una batería en la desembocadura del río Negro, la caballería ocupó los médanos costeros. El se quedará en Patagones y dispone se prepare el cerro de La Caballada para el combate.
Frente al puerto del Carmen se hallaban fondeados el bergantín “Oriental Argentino” y las balleneras “Hijo de Julio” e “Hijo de Mayo”, además de tres naves recientemente capturadas a los brasileños: “Bellaflor” y las goletas “Emperatriz” y “Chiquinna”.
El ataque inicia el 27 de febrero. El 7 de marzo, las defensas habían sido vulneradas y las tropas imperiales desembarcan. En lugar de seguir la línea costera del río Negro, se internan en el desierto, donde la falta de agua y la marcha a pie por la arena desgastaron a los soldados quienes debieron enfrentar a los defensores en el cerro de la caballada. Apoyados estos por los fuegos de las embarcaciones argentinas y sin dar un solo minuto de tregua lograron la rendición de los invasores luego de muertos sus jefes. Acto seguido, se tomaron el resto de las embarcaciones de la flotilla brasileña.
Este triunfo reafirmó la presencia argentina en la Patagonia al tiempo que fue un duro revés para las fuerzas imperiales que contaban con un triunfo seguro.

Las Mujeres de Cochabamba.

En el marco de la guerra de independencia en el Alto Perú, actual Bolivia, en el año de 1812, el general español Goyeneche se dirige a la ciudad de Cochabamba que se había declarado a favor de la junta de Buenos Aires.
Al enterarse del avance de los realistas, el gobernador de la plaza Antezama, luego de desavenencias con Arze, quien había derrotado a Goyeneche en Quinua, consultó a la población sobre si defender la plaza o entregarla a los invasores, pero ya no había más de mil hombres capacitados, por lo que se resolvió la rendición. A esto respondió un pequeño grupo y varias mujeres que, luego de sacar de los depósitos algunas piezas de artillería y unos pocos fusiles, armados de piedras, palos y cuchillos, se fortificaron en el cerro de San Sebastián. Goyeneche envió un emisario a ofrecer garantías si la corta fuerza se rendía, pero la respuesta fue negativa.
Comenzó el ataque por cuatro puntos. La resistencia fue feroz. Las mujeres disparaban los cañones con sus niños a la cintura y la mayoría cayeron ante el empuje de las bayonetas realistas.
Aunque no pudieron contener a un ejército disciplinado, bien pertrechado y dirigido, el ejemplo de las mujeres y hombres que sucumbieron en San Sebastián, quienes afirmaron preferir “morir matando” antes de rendirse, hizo eco en los defensores de la causa patriota, al punto que Manuel Belgrano, cuando veía que el valor abandonaba por un instante a sus soldados, arengaba a las tropas gritando “¡¿no están aquí las mujeres de Cochabamba?!”. En su honor, el 27 de mayo, es el día de las madres en Bolivia.

Los Niños Héroes de Chapultepec

En la galería de mitos nacionales, que todos los países utilizan como medio para la construcción de su identidad, el de los Niños Héroes del castillo de Chapultepec es para México uno de los más significativos.
En su avance hacia la capital mexicana luego de vencer en Cerro Gordo, Churubusco y Molino del Rey, los estadounidenses al mando de Scott se toparon con el escollo del Castillo de Capultepec, una construcción del siglo XVII sobre una eminencia que se levanta cincuenta y siete metros por sobre el nivel de la ciudad, a solo cinco kilómetros del Zócalo, en el centro de la ciudad.
Funcionaba allí el Colegio Militar y estaba acantonado el Batallón San Blas, fuerte de 600 plazas. Toda la fuerza defensora del castillo ascendía a unos 800 hombres. Contra ellos lanzó Scott, que contaba con 12.000 soldados, un ataque de artillería y luego un asalto de infantería contra las posiciones mexicanas. En un principio resistieron, pero ante el empuje de los asaltantes, el Batallón San Blas se retiró desordenadamente dejando la mayoría de sus integrantes la vida en la defensa. Quedaban solo los cadetes del Colegio Militar, muchachos de entre 13 y 19 años de edad y algunos soldados. En un principio, la mayoría de ellos abandonaron el castillo pero otros eligieron quedarse peleando al lado de sus camaradas.
Los relatos hacen hincapié en las acciones heroicas de Suárez, quien murió defendiendo las habitaciones, Montes de Oca, muerto al saltar al vacío desde una ventana luego de proteger la salida de sus compañeros, Francisco Márquez, de solo 13 años, quien mantuvo a raya a los invasores hasta caer acribillado, Agustín Melgar, defendió el salón central del castillo y fue varias veces herido y luego repasado a bayonetazos, ganándose la admiración y respeto de los oficiales estadounidenses que intentaron salvarle la vida, Juan Escutia, luego de pelear junto al batallón San Blas y luchar cuerpo a cuerpo con los invasores saltó envuelto en una bandera mexicana para que esta no cayera en poder del enemigo y perdió la vida en la caída.
Aun se discute la veracidad histórica de estos hechos, lo concreto es que los niños héroes si existieron y si pelearon defendiendo el castillo de Chapultepec junto con los soldados regulares. Ello les valió que en 1906 se erigiera un monumento a su memoria.

lunes, 2 de agosto de 2010 Leave a comment

Haití, Parte II. La tierra que late.


Luego de la muerte de Touissant, los franceses dominaban la isla, a excepción de algunos focos aislados en las montañas.
Al tener noticias de que Francia había reestablecido la esclavitud en Martinica, comandantes que habían luchado con L´Ouverture y que ahora regresaban a los campos de batalla. Dessalines, Petión, Christophe, Clairveaux, entre otros, volvieron a encender la mecha de la revolución. En pocos días, solo las ciudades más grandes de Haití permanecían en poder de Leclerc.
La fiebre amarilla había diezmado los cuadros franceses y había acabado con la vida del propio Leclerc en 1802. De estos despojos de ejército se hizo cargo Rochambeau, un general tan capaz como sanguinario, quien luego de recibir refuerzos comenzó a equilibrar la balanza de la guerra.
Las historias atroces que aun hoy se cuentan sobre estos meses de la guerra hablan de torturas, mutilaciones, asesinatos masivos, violaciones y otras prácticas inhumanas en uno y otro bando. Lo cierto es que Rochambeau logró recuperar terreno y organizar un contraataque general, el cual fue soportado por los rebeldes a pie firme, hasta que los eventos europeos hicieron girar la suerte en su favor. En 1803, Napoleón volvió a entrar en guerra con Inglaterra y ya no podría enviar refuerzos y pertrechos a las colonias. El corso  y vendía a Estados Unidos la Louisiana, renunciando a sus colonias en América del norte. Los franceses de Saint Domingue, abandonados a su suerte debían lidiar ahora también con la ayuda que Inglaterra prestaba a los rebeldes haitianos. Cercado en Le Cap por tropas rebeldes, diezmado su ejército por las enfermedades y el hambre, Rochambeau abandonó Saint Domingue en los primeros días de diciembre de 1803.
El 1 de enero de 1804, Haití declaraba su independencia. La primera rebelión de esclavos exitosa paría un estado, el segundo en America, el primero gobernado por negros.
Al frente del gobierno se puso Jean Jacques Dessalines, antiguo esclavo de las plantaciones del norte de la isla. Le tocó gobernar un país devastado por la guerra, sin comercio, con un pueblo analfabeto y sin los medios necesarios para a reconstrucción. La independencia de Haití era resistida por las potencias europeas, pero sobre todo por Estados Unidos, quienes veían una muy mala influencia a pocos kilómetros de sus preciosas plantaciones sureñas.
Dessalines estableció, entonces, un régimen autoritario, basado en la disciplina y el orden militar. Reinstauró el régimen de plantaciones y logro una leve mejoría en las condiciones de vida de la población. En 1805, Dessalines se autoproclamó emperador dando un motivo más de descontento a sus ya numerosos opositores, especialmente, los mulatos o gens des coleur, mejor educados y, por ende, con pretensiones de gobierno. Estos recelos y antagonismos le costaron la vida en 1806.
La sucesión arrojó como resultado la división del país. Al norte, Henri Christophe, antiguo oficial de Dessalines, impuso una monarquía con férrea disciplina, basando su economía en la gran plantación de exportación y la construcción de grandes obras como Sans-Souci y La Ferriere. Al sur, Alexandre Pétion, mulato que también participó en la guerra de independencia, gobernaba como presidente y su esquema productivo se centraba en la pequeña propiedad de la tierra.
Petión, recibió a un derrotado, Simón Bolívar en enero de 1816 y le prestó incondicional apoyo material para preparar una expedición sobre Costa Firme a cambio de que éste aboliese la esclavitud en los territorios que ocupara. Sin alcanzar el éxito, regresa a Haití y, por segunda vez, Pétion le brinda ayuda puediendo preparar una nueva incursión. Si bien Bolívar declaró la abolición, ésta no se hizo efectiva hasta 1854.
Pétion murió en 1818 y Christophe se suicidó en 1820.  
A Pétion le sucedió Jean Pierre Boyer, quién unificó a la isla de La Española bajo su gobierno a partir de la invasión de la parte oriental en 1822. Boyer negoció con Francia el reconocimiento de su independencia a condición del pago de 150 millones de francos-oro en concepto de reparaciones y subsidios por las pérdidas ocasionadas a la metrópoli por la independencia de su colonia. Para Haití, esta era la única forma de garantizar su subsistencia y quitarse de encima la constante amenaza de una expedición de reconquista. Bajo su mando promulgó el código agrario, intentando mejorar las condiciones económicas del país, pero su política de distribución de tierras en pequeñas parcelas tendía a una economía de subsistencia dejando muy pocos excedentes exportables y provocó el descontento de los terratenientes (hateros) de ambos sectores de la isla.
Finalmente, las continuas insurrecciones y conspiraciones obligaron a Boyer a abandonar el gobierno en 1843.
A partir de allí, los enfrentamientos entre negros y mulatos por el control del poder sumergió a Haití en un mar de tumultos, golpes y contragolpes que, sumados al bloqueo económico de Estados Unidos y al desprecio que sufrían de parte de sus vecinos americanos (muchos no reconocieron a Haití hasta fines del siglo XIX) además del gran peso de las deudas y a las costosas aventuras militares contra la parte oriental de la isla, impidieron el desarrollo de su economía.
Luego de Boyer fue electo presidente el general Faustin Soulouque, quién mas tarde se coronaría como Faustin I y sería derrocado en 1859, asumiendo el gobierno Fabre Geffrard. Aunque Geffrard hizo esfuerzos por mejorar la calidad de vida de los haitianos, sus opositores fraguaron levantamientos en su contra valiéndose de los “piquets”, bandas de negros armados protagonistas de varias revueltas y dimitió, finalmente, luego del levantamiento de toda la región del Artibonite.
Le siguieron Sylvain Salnave, quien cerró el congreso y luego fue depuesto. Nissage Saget, también depuesto en 1872. Lysius Salomon, gobernó siete años logrando algunos avances en su gestión, pero fue derrocado en 1888. Luego de un período de anarquía, asumió el gobierno Florvil Hyppolite, quién introdujo avances tecnológicos e hizo que Estados Unidos respetase la constitución haitiana (que establece que ningún extranjero puede poseer tierras en el país) cuando éstos quisieron establecer una base permanente en el norte. Hypolite murió en el cargo, siendo sucedido por Tirésias Simon Sam y luego Pierre Nord Alexis quién gobernó seis años antes de ser expulsado de la función de presidente por un levantamiento. Desde aquí hasta 1915 hubo 8 gobernantes lo que fomentó la intervención directa de Estados Unidos en la isla, primero en la República Dominicana y, finalmente, en Haití.
Desde 1908 Estados Unidos intervino directamente en Haití, primero comprando parte del Banco Central y luego invirtiendo en algunas plantaciones. En 1910, un grupo de bancos estadounidenses refinanciaron la deuda Haitiana y se arrogaron el derecho a controlar las finanzas del país hasta tal punto que en 1914, marines enviados por Woodrow Wilson se llevaron las reservas de oro y las depositaron en bancos de Nueva York.
Finalmente, en 1915, tropas de Estados Unidos invaden Haití tomando el control del país. Declaran la ley marcial en Puerto Príncipe y comienzan a reprimir los focos opositores en el interior.
Dueños de la aduana y de la recaudación de impuestos, controlan la economía del país al mismo tiempo que ejercen un gobierno de facto a través de representantes adictos. Restablecen el trabajo forzoso e imponen medidas racistas.
Varios movimientos opuestos a la ocupación se manifiestan. El más importante fue el movimiento de los “cacos”, guerrilleros rurales, al mando de Charlemagne Peralte, ex oficial del ejército haitiano que al momento de la invasión se negó a rendirse y formó una guerrilla que mantuvo en vilo a los ocupantes hasta su asesinato en 1919.
La soberanía haitiana fue humillada al punto de tener que depositar sus reservas en el Citybank, dueño del Banco de la República de Haití, y pagar un interés menor por los depósitos recibidos.
Toda protesta era acallada de manera sangrienta, y aun así siempre hubo disturbios hasta que los marines abandonaron la isla en 1934.
En 1937, por orden de Leónidas Trujillo, 15.000 haitianos fueron asesinados a manos del ejército dominicano en lo que se denominó la “masacre del perejil” porque todo aquel que no pudiera pronunciar en correcto español la palabra “perejil” era ejecutado.
Hasta 1957 varios gobiernos y golpes de estado se sucedieron. Ese año fue electo presidente François Duvalier, Papa Doc.
Duvalier ejerció un gobierno dictatorial apoyado y financiado por Estados Unidos, tal como Trujillo en República Dominicana o Somoza en Nicaragua o Batista en Cuba. Su policía secreta, los “tontons macoutes” persiguió y asesinó a todo aquel que esbozara una oposición.
A Papa Doc le sucedió su heredero, Baby Doc Duvalier, quién gobernó hasta ser obligado a exiliarse en 1987.
Luego de varios años de anarquía, llegaría al poder Jean Bertrand Aristide. Aristide, encendido orador, era sacerdote salesiano pero fue expulsado de la orden por su actividad política. Derrocado en 1991 con la anuencia de Estados Unidos, es repuesto en el poder por ellos mismos en 1994. Reelecto en 2001 comenzó su acercamiento a Cuba y a Venezuela, lo que le valió ser derrocado por segunda vez.
En su lugar se estableció una misión de Nacione Unidas, la  Misión de Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH), que desde 2004 controla el país.

Haití es hoy uno el país más pobre de América y el país no africano con menor desarrollo en el mundo. Los orígenes de esta pobreza crónica deben rastrearse en su constante inestabilidad política, sumado a un sinfín de otros factores macro y micro económicos.
Haití, en el último medio siglo, ha sido un ambiente muy dócil a las recetas del FMI. La amistad que unió a los Duvalier con Estados Unidos y,  por ende, con los organismos internacionales de crédito.
Hace treinta años, USAID, la agencia para el desarrollo internacional de Estados Unidos, propuso a la elite haitiana, transformar al país en un centro manufacturero al mejor estilo Taiwán. Aprovechando la mano de obra barata y la cercanía con el continente, Haití era el candidato perfecto para prestar los brazos que no se podían pagar en el gigante del norte.
La noticia se esparció rápidamente y muchos campesinos migraron a las ciudades, en especial a Puerto Príncipe, persiguiendo la promesa de un salario. La ciudad no estaba preparada para el aluvión, por lo que los asentamientos precarios se multiplicaron.
Finalmente, y luego de gastar millones en estudios y comisiones que ahora el país adeuda, la USAID abandonó el proyecto y dejó a Haití peor que antes.
En la década de los ochenta Haití exportaba arroz. El FMI le impuso al pequeño país sus ya célebres recetas neoliberales y el gobierno rebajó la tasa de importación del 35% a un 3%. Como consecuencia, toneladas de arroz subsidiado de los Estados Unidos invadieron las mesas de los haitianos, desplazando al cultivo nacional, haciendo perder empleos en el campo y empeorando la situación del hacinamiento en las ciudades.
Al mismo tiempo, el país caribeño sufre un desastre ecológico de enormes proporciones. Antiguamente, el país estaba cubierto por bosques que fueron sistemáticamente talados hasta su virtual desaparición en nuestros días. La tala indiscriminada se debió en parte al allanamiento del terreno para cultivos pero más incidencia tuvo y tiene sobre los bosques es la obtención de madera para la producción de carbón vegetal, principal combustible en las cocinas del país.
Como consecuencia, la desertificación se acelera. Viejos campos de cultivo, otrora fértiles, se muestran ahora como un páramo donde apenas la hierba rústica logra crecer. Los deslaves y aludes son frecuentes, sobre todo en época de huracanes, y también lo son las inundaciones y sequías que se alternan.
Si bien Haití recibe ayuda desde el exterior, esta se basa en el asistencialismo y no el desarrollo de infraestructura, caminos, industrias o aquello que pudiera generar crecimiento económico. La isla está siempre en la mira de los organismos internacionales de crédito y es campo de prueba de las recetas neoliberales de estos entes y sus empresas. Luego del terremoto del 12 de enero, el FMI se apresuró a otorgar un préstamo de 100 millones de dólares, con lo que la deuda del país caribeño con ese organismo asciende ahora a 165 millones y Monsanto, la mega empresa química estadounidense, donó semillas transgénicas a los cultivadores isleños. Sin embargo, la crisis humanitaria que actualmente se vive en ese territorio, forzó al Banco Mundial a cancelar su deuda.
Virtualmente ocupado, Haití es un gobierno de instituciones débiles. Densamente poblado, con altísimos índices de pobreza e indigencia, la marginalidad, los asentamientos precarios, la ausencia del estado y la insuficiencia de la ayuda humanitaria, crearon un coctel que hizo eclosión el 12 de enero pasado, arrasando dos tercios del territorio, matando a cientos de miles y dejando a millones sin hogar.
De a poco, el país vuelve a la normalidad, pero esa normalidad está aun muy lejos de ser aceptable. Un Blogger estadounidense escribió “nosotros contribuímos al actual estado de Haití, de nosotros depende como será Haití dentro de cincuenta años”.

jueves, 15 de julio de 2010 1 Comment

Realmente, nunca más.

Esta semana se conmemoran 34 años del golpe de estado del 24 de marzo de 1976 en el que las fuerzas armadas argentinas (FF.AA) derrocaron al gobierno de Isabel Perón.
En todo el país se montaron escenarios y mucha gente salió a las calles a expresar su repudio al golpe, a los siete años de dictadura militar y a los represores responsables del terrorismo de estado.
El gobierno actual y el anterior pusieron énfasis en la búsqueda de justicia con la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida y el apoyo a las asociaciones de Derechos Humanos como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo, dando nuevo impulso a los juicios contra agentes del denominado Proceso de Reorganización Nacional por desaparición de personas y robo de bebés nacidos en cautiverio.
Esta voluntad expresa de encontrar y llevar a juicio a los responsables de delitos de lesa humanidad ha dado lugar a un debate que en América Latina ha sido resuelto de diferentes maneras. Las declaraciones del ex presidente argentino Eduardo Duhalde argumentando que debería hacerse una consulta popular preguntando si se debe continuar o no con estos juicios pone sobre el tapete que las heridas están lejos de sanar y que muchos en Argentina todavía creen que las leyes pueden ser emparchadas, tachadas o, simplemente, obviadas con el argumento de salvaguardar la unidad nacional, término, que en boca de tantos personajes distintos, ha sido vaciado absolutamente de sentido.
Chile ha elegido otro camino, como lo han hecho Brasil, Bolivia y Paraguay, siguiendo el modelo español post-Franquismo, aunque, como vemos en la península, es muy difícil zanjar las diferencias, y casi imposible apelar al olvido.
Las leyes con las que Argentina cerró la etapa del revisionismo de los años de plomo, luego de un ejemplar juicio a las juntas, no lograron su objetivo de reconciliar a la población. Hoy, derogadas estas leyes, asistimos a una reedición de los debates por lo ocurrido durante la guerra sucia, reivindicaciones varias y justificaciones poco verosímiles.
En medio de todo esto hemos tenido un desaparecido en plena democracia. El 18 de septiembre de 2006, Jorge Julio López, albañil de la ciudad de La Plata, detenido y torturado entre 1976 y 1979, querellante y testigo en la causa por genocidio contra Miguel Etchecolatz, desapareció de su domicilio y hasta el día de hoy se desconoce su paradero.
El caso López pone de manifiesto que los grupos de tareas de las fuerzas de seguridad están aun activos y que guardan relación con represores comprometidos por crímenes de lesa humanidad.
El cuadro se presenta, entonces, mucho mas complejo. La intencionalidad de la desaparición de López, evidentemente, es frenar los juicios contra represores, muchos de los cuales siguen siendo miembros de fuerzas de seguridad. Por otro lado, agrupaciones como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo han cobrado protagonismo. Sobre todo las Abuelas, que han logrado la restitución de su identidad a 101 nietos recuperados, cuyos padres fueron detenidos desaparecidos entre 1976 y 1983. De aquí que los antagonismos y los cruces entre unos y otros no se acallen.
Y es que lo realmente importante cuando hay tanto dolor contenido por tanto tiempo, tanta búsqueda infructuosa y tanto miedo, lo que toma suprema importancia para orientar la reflexión y obrar en consecuencia es la perspectiva. Hay una que no deja espacios libres, que, como en otros países, clama por una amnistía general (intentada por Carlos Menem) y reduce la cuestión a una guerra en la que era preciso vencer a todo trance, so pena de perder la vida y la libertad. Asume que se han cometido excesos, pero se vanagloria de haber vencido a la subversión, a los rojos y ateos, y de haber salvado a la patria de la amenaza comunista.
La otra persigue la certeza. La certeza de qué pasó con aquél que desapareció, que nadie volvió a ver. Hoy, todos saben que suerte corrieron los detenidos que nunca más volvieron, pero es necesario que un documento, una confesión, un hallazgo les confirme esta presunción. De lo contrario la herida sangra y supura constantemente, y el dolor no cesa, a lo sumo nos acostumbra.
Aquellas certezas que se han recogido sobran para llevar a juicio a los responsables de la tortura y la represión, a los que utilizaron el aparato del estado para matar, desaparecer o exiliar a los opositores del régimen socioeconómico que se impuso y del que hoy pagamos las consecuencias. Porque es lo mismo matar de bala que de hambre, es lo mismo enmudecer con un trapo en la boca o con el miedo. Es lo mismo desmovilizar con palos y gases que con la distancia de un exilio. Es lo mismo y tiene el mismo objetivo. Lo que desapareció es lo que hoy nos hace falta.

viernes, 26 de marzo de 2010 Leave a comment

Haití. Liberté, égalité, fraternité. Parte I.

Prólogo obligado.

Empecé a trabajar en este artículo una semana antes del terremoto del 12 de enero. Las escenas que desde entonces vi me obligan a separar en dos partes este post que hace mucho tiempo tenía la intención de publicar. Creo que,aunque la naturaleza es ingobernable, lo que queda a los hombres, las acciones, la esperanza o la desesperanza, la distribución y la eficacia de la ayuda, en fin, todo lo que estamos viendo sin entender, todo lo que está pasando aquí y ahora, tiene una raíz y tendrá sus consecuencias en el futuro cercano. Espero hacerme entender en estas próximas líneas.

A fines del siglo XVIII, la colonia francesa de Saint Domingue era la más floreciente de las colonias del nuevo mundo. En una superficie similar a la de Bélgica producía azúcar, café, añil y algodón en cifras que doblaban a las de todas las colonias británicas del Caribe. Esta inmensa fuerza económica se apoyaba en una población compuesta por 30.000 blancos, 25.000 mulatos y negros libres y una masa de esclavos superior a los 300.000.
Con las noticias llegadas desde Francia respecto del triunfo de la revolución, el clima de Saint Domingue comenzó a enrarecerse. En un principio los negros y mulatos libres, llamados gens des coleurs, descontentos con las leyes discriminatorias que pesaban sobre ellos y ante la negativa a concederles los Derechos del Hombre recientemente promulgados contribuyeron aún más a fomentar esa situación. Por su parte, Inglaterra, en guerra con la Francia republicana, acicateaba los ánimos y promovía desde las sombras un levantamiento de los esclavos que debilitara a las colonias francesas y, consecuentemente, a la economía de Francia.
Finalmente, la rebelión estalló en agosto de 1791. En Bois-Caimann, un sacerdote vudú, Dutty Boukman, realizó la ceremonia que daba inicio a la revuelta que se esparció rápidamente por toda la isla. Los plantadores blancos intentaron contenerla, pero, aunque ejecutaron a Boukman, la rebelión no se detuvo. Aquí entra en escena un esclavo, cochero de su amo, llamado a ser el padre de la patria haitiana. Touissant de L´Overture aparece como comandante de esclavos armados en 1792. Pronto, Touissant se volvió el lider de las milicias haitianas, muy considerables en número, con guerreros angolanos y congoleños y con algunos generales veteranos de la guerra de independencia de Estados Unidos, como Henri Christophe. Touissant primero sirvió en la corona de España por oposición a los republicanos que no aceptaron la rendición de los rebeldes negros, aunque luego de que la Convención declarase abolida la esclavitud en todas sus formas, regresó al seno de Francia con 4.000 hombres de línea.
Saint Domingue se convirtió en un campo de batalla más de la guerra en Europa y Touissant tuvo que defender con sus hombres la colonia contra una invasión británica a gran escala, obligándola a capitular luego de provocarle 20.000 bajas. Al mando de un creciente y disciplinado ejército, Touissant se convirtió en gobernador de facto y aún pudo conquistar la parte oriental de la isla aboliendo allí también la esclavitud.
Como gobernante vio la necesidad de reactivar la afligida economía de la isla y para ello obligó a los antiguos esclavos a retornar a las labores agrícolas, abandonadas luego de su liberación e invitó a los colonos blancos a volver a Saint Domingue ya que estos conocían las técnicas de mantenimiento de los canales que habían hecho que la colonia produjera mucho más en un terreno más pequeño. Ahora, una cuarta parte de los ingresos de las plantaciones iba a los trabajadores. Se prohibió el castigo corporal y se estableció una jornada laboral de nueve horas. Haití comenzó a recuperar su economía y la recaudación “estatal” se utilizó para construir caminos, levantar escuelas y armar su ejército.
La independencia de Haiti era un hecho en la práctica pero Touissant se cuidó de no cortar los lazos con Francia. Respetaba y hacía respetar las instituciones francesas y promovía entre sus conciudadanos la exaltación de Francia. Pero Europa estaba lejos y Haití necesitaba comerciar para vivir. Los ingleses propusieron un acuerdo comercial que a Touissant no le quedó más remedio que aceptar. Los términos del tratado fueron publicados en Londres y se tergiversaron los hechos para hacer aparecer a L´Ouverture como un agente inglés dispuesto a independizar a la colonia sembrando la desconfianza entre Saint Domingue y su metrópoli.
Touissant todavía tuvo que lidiar con la rebelión de Rigaud, un general mulato de gran valor que controlaba el sur del país al que finalmente venció.

Apremiado por la urgencia de colocar los productos agrícolas de la isla y decepcionado con los ingleses, L´Ouverture volteó a Estados Unidos. Este país tenía gran interés en que Saint Domingue no volviera a caer en manos de Francia ni tampoco fuera conquistada por Inglaterra, pero debía hallar la forma de no enfrentar a las dos grandes potencias de la época. Alexander Hamilton le propuso a Touissant que Saint Domingue se convirtiera en un país independiente a cambio de su amistad y comercio e incluso le propuso una constitución que fue la base de la sancionada en 1801. Algo muy parecido al concepto de “estado tapón” aplicado veintiséis años después al Uruguay por propuesta de Gran Bretaña.
En 1801, la Paz de Amiens puso fin a las hostilidades entre Francia, ahora bajo Napoleón, e Inglaterra. Libre de conflictos en Europa, Napoleón armó una enorme expedición para recuperar Saint Domingue y las demás antillas francesas y puso al mando al marido de su hermana, Víctor-Emmanuel Leclerc.
En un principio, la resistencia haitiana contra los invasores fue controlada y uno a uno, los generales de Touissant se fueron rindiendo o pasando al enemigo hasta que el propio líder se entregó. Se le permitió retirarse a su finca creyendo que la esclavitud no sería restablecida en la isla, pero, temerosos de su influencia en las masas, fue enviado a Francia junto con su familia. Confinado en la fortaleza de Joux, en los Alpes, murió de neumonía el 7 de abril de 1803.

Fuentes:

Carlos Wesley. 215 años después: La deuda con la primera nación libre de Latinoamérica.

J. Damu, Peter Hallward, Franklin W. Knight. The revolution in a nutshell.

The History of Touissant Louverture.

martes, 19 de enero de 2010 1 Comment

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