martes 19 de enero de 2010

Haití. Liberté, égalité, fraternité. Parte I.

Prólogo obligado.

Empecé a trabajar en este artículo una semana antes del terremoto del 12 de enero. Las escenas que desde entonces vi me obligan a separar en dos partes este post que hace mucho tiempo tenía la intención de publicar. Creo que,aunque la naturaleza es ingobernable, lo que queda a los hombres, las acciones, la esperanza o la desesperanza, la distribución y la eficacia de la ayuda, en fin, todo lo que estamos viendo sin entender, todo lo que está pasando aquí y ahora, tiene una raíz y tendrá sus consecuencias en el futuro cercano. Espero hacerme entender en estas próximas líneas.

A fines del siglo XVIII, la colonia francesa de Saint Domingue era la más floreciente de las colonias del nuevo mundo. En una superficie similar a la de Bélgica producía azúcar, café, añil y algodón en cifras que doblaban a las de todas las colonias británicas del Caribe. Esta inmensa fuerza económica se apoyaba en una población compuesta por 30.000 blancos, 25.000 mulatos y negros libres y una masa de esclavos superior a los 300.000.
Con las noticias llegadas desde Francia respecto del triunfo de la revolución, el clima de Saint Domingue comenzó a enrarecerse. En un principio los negros y mulatos libres, llamados gens des coleurs, descontentos con las leyes discriminatorias que pesaban sobre ellos y ante la negativa a concederles los Derechos del Hombre recientemente promulgados contribuyeron aún más a fomentar esa situación. Por su parte, Inglaterra, en guerra con la Francia republicana, acicateaba los ánimos y promovía desde las sombras un levantamiento de los esclavos que debilitara a las colonias francesas y, consecuentemente, a la economía de Francia.
Finalmente, la rebelión estalló en agosto de 1791. En Bois-Caimann, un sacerdote vudú, Dutty Boukman, realizó la ceremonia que daba inicio a la revuelta que se esparció rápidamente por toda la isla. Los plantadores blancos intentaron contenerla, pero, aunque ejecutaron a Boukman, la rebelión no se detuvo. Aquí entra en escena un esclavo, cochero de su amo, llamado a ser el padre de la patria haitiana. Touissant de L´Overture aparece como comandante de esclavos armados en 1792. Pronto, Touissant se volvió el lider de las milicias haitianas, muy considerables en número, con guerreros angolanos y congoleños y con algunos generales veteranos de la guerra de independencia de Estados Unidos, como Henri Christophe. Touissant primero sirvió en la corona de España por oposición a los republicanos que no aceptaron la rendición de los rebeldes negros, aunque luego de que la Convención declarase abolida la esclavitud en todas sus formas, regresó al seno de Francia con 4.000 hombres de línea.
Saint Domingue se convirtió en un campo de batalla más de la guerra en Europa y Touissant tuvo que defender con sus hombres la colonia contra una invasión británica a gran escala, obligándola a capitular luego de provocarle 20.000 bajas. Al mando de un creciente y disciplinado ejército, Touissant se convirtió en gobernador de facto y aún pudo conquistar la parte oriental de la isla aboliendo allí también la esclavitud.
Como gobernante vio la necesidad de reactivar la afligida economía de la isla y para ello obligó a los antiguos esclavos a retornar a las labores agrícolas, abandonadas luego de su liberación e invitó a los colonos blancos a volver a Saint Domingue ya que estos conocían las técnicas de mantenimiento de los canales que habían hecho que la colonia produjera mucho más en un terreno más pequeño. Ahora, una cuarta parte de los ingresos de las plantaciones iba a los trabajadores. Se prohibió el castigo corporal y se estableció una jornada laboral de nueve horas. Haití comenzó a recuperar su economía y la recaudación “estatal” se utilizó para construir caminos, levantar escuelas y armar su ejército.
La independencia de Haiti era un hecho en la práctica pero Touissant se cuidó de no cortar los lazos con Francia. Respetaba y hacía respetar las instituciones francesas y promovía entre sus conciudadanos la exaltación de Francia. Pero Europa estaba lejos y Haití necesitaba comerciar para vivir. Los ingleses propusieron un acuerdo comercial que a Touissant no le quedó más remedio que aceptar. Los términos del tratado fueron publicados en Londres y se tergiversaron los hechos para hacer aparecer a L´Ouverture como un agente inglés dispuesto a independizar a la colonia sembrando la desconfianza entre Saint Domingue y su metrópoli.
Touissant todavía tuvo que lidiar con la rebelión de Rigaud, un general mulato de gran valor que controlaba el sur del país al que finalmente venció.

Apremiado por la urgencia de colocar los productos agrícolas de la isla y decepcionado con los ingleses, L´Ouverture volteó a Estados Unidos. Este país tenía gran interés en que Saint Domingue no volviera a caer en manos de Francia ni tampoco fuera conquistada por Inglaterra, pero debía hallar la forma de no enfrentar a las dos grandes potencias de la época. Alexander Hamilton le propuso a Touissant que Saint Domingue se convirtiera en un país independiente a cambio de su amistad y comercio e incluso le propuso una constitución que fue la base de la sancionada en 1801. Algo muy parecido al concepto de “estado tapón” aplicado veintiséis años después al Uruguay por propuesta de Gran Bretaña.
En 1801, la Paz de Amiens puso fin a las hostilidades entre Francia, ahora bajo Napoleón, e Inglaterra. Libre de conflictos en Europa, Napoleón armó una enorme expedición para recuperar Saint Domingue y las demás antillas francesas y puso al mando al marido de su hermana, Víctor-Emmanuel Leclerc.
En un principio, la resistencia haitiana contra los invasores fue controlada y uno a uno, los generales de Touissant se fueron rindiendo o pasando al enemigo hasta que el propio líder se entregó. Se le permitió retirarse a su finca creyendo que la esclavitud no sería restablecida en la isla, pero, temerosos de su influencia en las masas, fue enviado a Francia junto con su familia. Confinado en la fortaleza de Joux, en los Alpes, murió de neumonía el 7 de abril de 1803.

Fuentes:

Carlos Wesley. 215 años después: La deuda con la primera nación libre de Latinoamérica.

J. Damu, Peter Hallward, Franklin W. Knight. The revolution in a nutshell.

The History of Touissant Louverture.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Milagro Sala y la buena revolución.

Pensábamos que íbamos a llegar a un cuartel, lleno de soldados de bota y boina o a algún palacio donde ella, rodeada de eunucos, se bañara en leche de burra. Pensábamos, porque el pensamiento es una práctica adquirida independiente de la experiencia, que nos iban a palpar de armas o a preguntar con prepotencia quien nos mandaba.
Pero no. Nos encontramos con que en Jujuy todos saben quién es ella y donde está. Nos encontramos con un edificio bien puesto en el centro de la ciudad donde nos recibieron con una sonrisa y una predisposición casi automática para guiarnos en lo que estábamos buscando. Dijimos que la buscábamos a ella, nos dijeron que no estaba, pero que con gusto nos iban a mostrar las instalaciones.
Nos asignaron dos guías, Angel y Diego, de 15 y 18 años respectivamente, quienes trabajan allí. Ellos se dedican a hacer lo que hay que hacer y, en este caso, lo que había que hacer era mostrar qué es y qué hace la Tupac Amaru.
Obviamente, nos mostraron aquello que tienen que mostrar y, tal vez, haya cosas que no nos dieron a conocer. Pero, nuestros ojos, tan acostumbrados a ver el abandono y el desinterés por el otro, no podían dejar de maravillarse con la obra de la Tupac Amaru.
En el edificio principal, un edificio nuevo y en expansión cuya entrada guardan un busto de Ernesto Guevara y otro de Tupac Amaru, funciona un sanatorio que brinda asistencia gratuita a cualquiera que la necesite, incluso, tienen un tomógrafo computado y reciben habitualmente derivaciones de otros hospitales de Jujuy, que no tienen el presupuesto suficiente para satisfacer la demanda. En el mismo edificio también hay oficina de prensa, que se ocupa de la difusión de la obra de la agrupación, una oficina de cómputos, donde se lleva un minucioso control de los datos que emanan de la administración de las diversas áreas, una oficina de documentos, que se ocupa de asistir a toda persona con necesidad de adquirir su DNI, sean argentinos o extranjeros, un comedor, donde todos los mediodías se cocina para los trabajadores del lugar un menú de precio muy accesible, una radio, biblioteca, una piscina cubierta, un microestadio y un museo que revaloriza la cultura y las costumbres del noroeste argentino, así como a los pueblos originarios.
Al lado del edificio principal hay un jardín de infantes que funciona en tres turnos, mañana, tarde y noche. Este “detalle” de un jardín funcionando de noche, se debe a que muchos adultos estudian en el colegio de la Tupac en ese horario y dejan a sus hijos en el jardín.
El colegio que funciona enfrente de la sede principal también es de reciente construcción. Allí asisten dos mil alumnos en tres turnos. Tanto los uniformes como el mobiliario son fabricados en los talleres de la agrupación.
Pero la obra de la Tupac Amaru llega aun mas lejos. Llega a donde debería llegar un estado que se muestra insuficiente, ineficiente e indolente hacia las necesidades de sus ciudadanos.
En la vieja estación de trenes de Jujuy, en un playón de maniobras del ferrocarril, funciona hoy un parque abierto a la comunidad. Aprovechando un terraplén se hizo un anfiteatro y el pozo de una antigua mesa giratoria de locomotoras se transformó en pileta. Los vagones separan la cancha de futbol del resto del predio, donde hay juegos, mesas y fogones. Los galpones son utilizados para el acopio de materiales, alimentos y ropa que llegan a modo de donaciones desde todo el país y desde allí se separan y distribuyen, tarea que involucra a toda la agrupación.
Jujuy es una ciudad extraña. Parece construída a las apuradas, aunque tenga más de cuatrocientos años de historia. Los barrios de la periferia superaron la avenida de circunvalación, trepando los cerros de inigualable belleza. Allá está el barrio de Alto Comedero, un paisaje de ondulaciones de tierra donde crecen los barrios levantados por la Tupac Amaru, no por ninguna constructora que haya ganado la licitación, sino por los propios habitantes de esas casas, con bloques fabricados en la planta de la comunidad y a un costo mucho menor (45% menos) que las casas de otros planes de vivienda y en la mitad del tiempo. Pregunté donde vivían antes los habitantes de estas casas y me respondieron que en asentamientos, en villas miseria. Ahora gozaban de luz, gas y agua potable, además de un techo seguro y firme.
En Alto Comedero también hay una escuela, un centro de salud, una pileta cubierta acondicionada para el tratamiento de chicos con capacidades diferentes, una cancha de rugby y una cancha de futbol con tribunas y torres de iluminación. También hay un parque acuático a punto de terminarse y un gran parque de juegos en el centro del barrio. No es casual que se dediquen recursos a propiciar el deporte y el entretenimiento ya que es una forma de alejar a los jóvenes de la calle y de las drogas. De hecho, muchas paredes tienen escrito el lema “Si al deporte, no a la droga”. Parecería algo menor, pero representa un paso en concreto en la lucha contra este flagelo que no se ve en otros lugares de la Argentina. También funciona en el barrio la cooperativa textil, la cual trabaja 100% de su capacidad y confecciona 50.000 prendas por mes.
Pero la obra de la Tupac Amaru no se limita a la ciudad de Jujuy solamente. Vimos obras en Palpalá, Humahuaca y Abra Pampa y tienen participación en La Rioja, Salta, Santa Fe, Buenos Aires y Mendoza.
Lo que sorprende de esta agrupación es la espontaneidad con la que cuentan sus logros. Invitan al visitante a recorrer su obra y con indisimulable orgullo salen al paso del forastero sonrisas a granel. Directores de escuela, profesores, encargados de las bibliotecas, maestras, alumnos, todos saben que lo que estamos viendo es digno de admiración, aunque para ellos sea lo más natural del mundo. Nos llaman “compañeros”, lo que significa, desembarazándonos de significantes políticos, el que comparte, el igual, mi par. Entre ellos no hay, o por lo menos no lo vimos, burócrtas ni jerarcas, todos saben que ocupan un lugar en una enorme máquina que crece. Y, como todo lo que crece, mete miedo.
Mete miedo el empuje, la solidaridad verdadera, esa que enlaza al necesitado con el que tiende la mano, con el que invita a sumarse, a ser un “compañero” más. Mete miedo la conciencia de si mismos que adquirieron y su convencimiento de que, aun 220 años después de la revolución francesa, la unión hace la fuerza. Mete miedo la wiphala ondeando. Mete miedo el pensamiento libre y la prédica con el ejemplo, esa que no se puede transmitir por televisión. Porque mete miedo acusan a la cabeza visible de este movimiento, Milagro Sala, de estar armando un ejército, de manejar fortunas en su beneficio, de engañar a sus seguidores con espejitos de colores, de “barra brava”. No sea cosa que cunda el ejemplo. No olvidemos que por ser mal ejemplo destruyeron el Paraguay y Paysandú fue reducida a cenizas. Por ser mal ejemplo echaron a Arbenz y arrasaron con Allende. Por mal ejemplo mataron al Che y a Tupac Amaru y por mal ejemplo escondieron por años el cuerpo de Eva Perón.
Tampoco podemos perder de vista que la tarea de Milagro Sala y sus seguidores es una reacción ante la ausencia del estado. Es el estado el que debiera satisfacer las necesidades de sus ciudadanos y no una agrupación sociopolítica. Es el estado el que debería proveer educación, salud y vivienda y es el estado el que debería propiciar la creación de empleo genuino. En este caso, el estado se limita a proveer los fondos, en la forma de planes asistenciales, para la gestión de la Tupac Amaru. Pero esta providencia no es gratuita, compromete a los beneficiarios en actos, marchas y, finalmente, votos a favor del oficialismo.
Más allá de la cercanía en lo ideológico, la agrupación se encuadra en un modelo sindical que no es enteramente afín al gobierno argentino, la CTA (Central de Trabajadores Argentinos). Dentro de esa estructura se organiza la Tupac Amaru, tal vez la única organización sobreviviente del asambleísmo surgido de la debacle del año 2001, aunque su creación data de los últimos meses de la pasada década.
Los detractores de Milagro Sala le imputan un autoritarismo que no pudimos observar, aunque si vimos un orden establecido con disciplina, pero en la forma de una disciplina organizadora más que opresiva. Todos las energías de una enorme cantidad de gente se enfocan en el hacer mucho con poco y en conseguir más para seguir haciendo, y en esto reside la diferencia sustancial con lo que en América Latina estamos acostumbrados a experimentar: una sensación de que se gasta muchísimo para hacer muy poco o directamente nada.
El triunfo de la Tupac Amaru sobre el prejuicio y el miedo depende ahora de que pueda expandirse a otras provincias argentinas, incluso llegando al desvencijado Gran Buenos Aires. No es necesario que lo haga Milagro Sala en persona, puede diseminarse el ejemplo y existir otras Tupac Amaru con diferente nombre pero con el mismo espíritu. Así, tal vez, logremos distribuir mejor la riqueza, bajar los índices de indigencia, de pobreza, de drogadicción, de deserción escolar, de delincuencia, dar vivienda digna y trabajo genuino a muchos que aún permanecen al margen del sistema de empleo y, en consecuencia, activar la economía de un modo hace mucho tiempo desaparecido en la Argentina. Lo que vemos a pequeña escala, en un ángulo del mapa, realizado y, a la vez, pura potencia, es una buena revolución, practicable en cualquier otra parte del país, y, como dijo Ernesto Guevara "El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor" y eso suele notarse.

martes 13 de octubre de 2009

El amago de un Perú independiente

Abatidos los pendones del real ejército, el sol se apagaba, tibio, sobre las cumbres de los andes. La guerra entre hermanos había debilitado al gran imperio. Poniendo a unos contra otros, dejaron penetrar la cuña de su destrucción, desatando la peor de las pestes que ha visto el mundo, que como una fiebre letal consume las vidas, arrasa los campos, destruye los templos. La codicia ha visto el brillo del oro, y por él babea la bestia.
La conquista del Perú había resultado más sencilla de lo esperado y Pizarro, uno de los artífices de la hazaña, tomó posesión de las tierras que le otorgara la reina Isabel. Su socio, Almagro, partió al sur a buscar su Cuzco, pero sin hallarlo, regresó desencantado a reclamar para sí la otrora capital imperial. Logró capturar la ciudad y encarceló a los hermanos de Francisco Pizarro, quien, enterado de los sucesos del sur, buscó el arbitraje real para dirimir la cuestión. En el ínterin, Hernando Pizarro escapa de su cautiverio y forma un ejército que derrota a los almagristas en las batallas de Huaytará primero y, definitivamente, en la batalla de Salinas, el 6 de abril de 1538. Almagro, el viejo león de la conquista, cae prisionero y es llevado a juicio decretándose su ejecución.
Pizarro tenía en su puño el Perú entero. Junto con sus hermanos formaba un sólido clan con un pie en Lima y el otro en el Cuzco. Pero los seguidores del viejo Almagro no habían desaparecido. Su hijo, habido en mujer india, buscaría vengarlo. Diego de Almagro, apodado “El Mozo”, reclamó la herencia de su padre, pero, al serle negado este derecho, se alzó en armas. El 26 de junio de 1541, un grupo de almagristas irrumpió en el palacio de Pizarro dándole muerte y proclamando a Almagro El Mozo como gobernador de la Nueva Castilla.
Llegó entonces a América el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, enviado del rey, quien, al conocer los detalles de la muerte de Pizarro, se unió al partido de este para someter a Almagro. Salieron en su busca y en la batalla de Chupas, cerca de Huamanga, derrotaron a su ejército. Preso El Mozo, fue condenado a muerte y ejecutado en el Cuzco.
Cabía entonces darle entidad a este territorio que tanta riqueza encerraba y, por ende, tantas pasiones desataba. Para esto fue instituido el virreinato del Perú y nombrado virrey Blasco Núñez de Vela, quien llegó a Lima en 1544. Blasco intentó aplicar en sus dominios las Leyes Nuevas proclamadas por el rey que establecían, entre otras cosas, que las encomiendas no podían ser hereditarias. A este punto se opusieron los encomenderos, encabezados por Gonzalo Pizarro, y desconocieron la autoridad del virrey. Capturado este en Lima, fue embarcado para Panamá pero logró escapar y tocar tierra en Tumbes. Reunió un ejército y marchó a Quito. Los pizarristas se dirigieron al norte y chocaron con las fuerzas virreinales en Iñaquito, donde Núñez de Vela fue capturado y decapitado en el mismo campo de batalla.
En el sur apareció Diego Centeno, quien reunió una fuerza para defender la autoridad de la corona de España, pero fue derrotado en la batalla de Huarinas.
Gonzalo Pizarro quedó dueño del Perú entero, en franca rebeldía contra la corona española, en un virtual estado de independencia. Nombró gobernadores e intendentes, generales y jefes de su estado mayor y envió por mar a Pedro de Hinojosa, a la sazón almirante de su flota, a dominar el istmo, cosa que logró en 1546.
Llegó entonces al Perú el pacificador, Pedro de Lagasca, hombre probo y honesto, leal e incansable, para poner en cintura a los rebeldes. Lagasca convenció a Hinojosa de cambiar de bando y juntos se dirigieron rápidamente al Cuzco, reuniendo en el camino un respetable ejército de leales. Ambas fuerzas se encontraron en la batalla de Anta, donde muchos rebeldes cambiaron de bando justo antes del combate. Salió vencedor el pacificador y, tomado prisionero, Pizarro es conducido al cadalso.
Vencidos los pizarristas, Lagasca regresa a España, pero deja tras de si muchos de los descendientes de los conquistadores, descontentos por las nuevas encomiendas otorgadas y pronto germina una nueva rebelión, esta vez acaudillada por Francisco Hernández Girón, quien logra llegar a las inmediaciones de Lima y, luego de algunas victorias, es finalmente vencido, capturado y ejecutado.
La autoridad del Rey ya no sería cuestionada, hasta que Túpac Amaru sacudiera la tierra nuevamente, dentro de doscientos veintisiete años.

jueves 17 de septiembre de 2009

El Grito de Dolores.

¿Quién es este hombre, en apariencia débil, casi un anciano, que a su calva rodean cabellos canos, que habla de la Virgen de Guadalupe y del Rey Fernando, que enseña a los indios, que va dando mueras, levantando ejércitos en las minas y en los campos?
Miguel Hidalgo de Costilla, cura de Dolores, es un párroco de muchas luces, curioso de los libros prohibidos, que ha preferido ser cura rural en un oscuro lugar de la Nueva España. Allí se hace uno con los indios. Sabe su idioma y enseña en su idioma todo lo que sabe: a criar abejas, a criar gusanos de seda, a cultivar la vid, a moldear cerámicas y a curtir cueros.
“Era hombre de carácter irreprensible y sumamente querido no solo por sus feligreses, mas también por todos los habitantes de las provincias vecinas. Pasaba por hombre de penetración y de conocimientos, es decir, de aquella clase de conocimientos que podía adquirir un criollo bien educado. […] Era franco y generosos, e incapaz de medidas astutas, de intrigas y bajezas.” (1)

En 1808 conoce a Ignacio Allende, comandante del regimiento Dragones de la Reina, que compartía sus ideas revolucionarias y conspiraba para establecer un gobierno propio en América. Junto con Ignacio Aldama, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, conocen la noticia del descubrimiento de la conspiración de Querétaro, imponiéndose la necesidad de actuar. Hidalgo lanza entonces el Grito de Dolores, ¡Viva la virgen de Guadalupe!, ¡Mueran los gachupines!, ¡Viva el Rey Fernando VII!. Con este acto se pone a rodar la guerra de independencia de México.
Hidalgo, al frente de trescientos hombres mal armados se apodera de Dolores y se dirige a San Miguel Grande, donde se les une el regimiento de la Reina. Al pasar por Atotonilco, Hidalgo toma como estandarte la imagen de la virgen de Guadalupe y se dirige a la toma de Celaya donde es nombrado capitán general y Allende teniente general.
Luego de la caida de Celaya se dirigen a Guanajuato, donde los realistas se refugian en la Alhóndiga de las Granaditas, un edificio fuerte donde se sentían a salvo. Los rebeldes llevan a cabo un infructuoso asedio, hasta que un mestizo conocido como el Pípila logra prender fuego a la puerta y, dejando entrar a las huestes del cura revolucionario, pasan por las armas a mas de 200 soldados realistas.
Desde allí, Hidalgo y Allende se dirigieron a Valladolid con una fuerza compuesta de 30.000 hombres, tomándola sin demasiada resistencia. Luego va a Toluca y, a las puertas de la ciudad de México, tiene lugar la batalla del Monte de las Cruces, donde los revolucionarios se alzaron con el triunfo. Este había sido muy costoso a los insurgentes y, en desacuerdo con Allende, Hidalgo reusa entrar en la capital y se retira al norte.
La oposición a Hidalgo había crecido en las clases altas tanto como su popularidad en las castas y clases bajas. A los terratenientes, comerciantes, dueños de minas, españoles o criollos, no les agradaba nada el levantamiento de las clases subyugadas y veían con terror la posibilidad de una guerra de razas. Por entonces, México tenía seis millones de habitantes al comienzo del siglo y los blancos eran solo el 18 por ciento, los indios 60 por ciento y los casatas (negros, mulatos, mestizos) el 22 por ciento. En este escenario dejaba a la clase dominante en clarísima desventaja ante una revolución social como la que planteaba Miguel Hidalgo. Y no es casual que surgiera este personaje del bajo clero. Estos estaban cerca del pueblo y conocían sus necesidades, viviendo sus mismas miserias. No así los altos prelados que gozaban en México de una gran riqueza, eran beneficiarios de diezmos y tributos y poseían gran cantidad de bienes.
Sobrevino la primera derrota de los insurgentes en Aculco, donde tuvieron gran cantidad de bajas entre muertos, desertores y prisioneros. Allende regresó a Guanajuato e Hidalgo se dirigió a Valladolid y Guadalajara. Aquí, Hidalgo organizó su gobierno revolucionario y dio a luz sus medidas sociales. Ordenó el reparto de tierras a los indígenas, la abolición del servicio personal, los tributos y la esclavitud y mandó publicar el periódico El Despertador Americano. Guanajuato cayó en manos realistas y Allende marchó a Guadalajara a reunirse con el cura. Las discrepancias entre ambos líderes por la dirección de la guerra continuaron y como consecuencia fueron derrotados completamente en la batalla de Puente Calderón, pese a una enconada resistencia contra fuerzas profesionales, hábilmente dirigidas por Félix María Calleja.
Los restos del ejército marcharon al norte, hacia Zacatecas, donde Hidalgo fue relevado del mando. Yendo de derrota en derrota, los insurgentes piensan que en Estados Unidos hallarán las armas que necesitan para continuar la lucha, pero son traicionados por Ignacio Elizondo y capturados. Hidalgo fue ejecutado el 7 de marzo de 1811 y su cabeza separada del resto del cuerpo y exhibida en una jaula colgada en la Alhóndiga de las Granaditas. Allende, Aldama y Jiménez corrieron la misma suerte.
La rebelión de hidalgo germinó en un terreno que venía siendo abonado desde tiempo atrás por la desigualdad entre los que todo lo tienen y los que no tienen nada, entre criollos y españoles, entre blancos e indios. Hidalgo condujo una informe masa de gente a la guerra, guerra a muerte, guerra de conquista y aquellos que hasta entonces habían pensado en un México independiente no aceptaron sus condiciones, aun aquellos que integraban sus mismas fuerzas. Lo que venció a la revolución del cura de Dolores fue el miedo de los blancos, españoles o criollos, religiosos o laicos a la guerra de razas que amenazaba con arrebatarles sus privilegios.
Recogería los restos de la derrota otro cura, Morelos, para luchar con más éxito pero con las mismas premisas que le enajenarían el apoyo de las clases altas mexicanas, aquellos que tenían el poder para cambiarlo todo pero que en realidad querían cambiar muy poco.

Fuentes:
http://www.sanmiguelguide.com/historia-independencia-2.htm
Lynch, John. Las revoluciones Hispanoamericanas. 1808 – 1826. Ed. Ariel.
Robinson, William. Memorias de la revolución de Megico. R. Ackermann, Londres. 1824. (1)