martes 13 de octubre de 2009

El amago de un Perú independiente

Abatidos los pendones del real ejército, el sol se apagaba, tibio, sobre las cumbres de los andes. La guerra entre hermanos había debilitado al gran imperio. Poniendo a unos contra otros, dejaron penetrar la cuña de su destrucción, desatando la peor de las pestes que ha visto el mundo, que como una fiebre letal consume las vidas, arrasa los campos, destruye los templos. La codicia ha visto el brillo del oro, y por él babea la bestia.
La conquista del Perú había resultado más sencilla de lo esperado y Pizarro, uno de los artífices de la hazaña, tomó posesión de las tierras que le otorgara la reina Isabel. Su socio, Almagro, partió al sur a buscar su Cuzco, pero sin hallarlo, regresó desencantado a reclamar para sí la otrora capital imperial. Logró capturar la ciudad y encarceló a los hermanos de Francisco Pizarro, quien, enterado de los sucesos del sur, buscó el arbitraje real para dirimir la cuestión. En el ínterin, Hernando Pizarro escapa de su cautiverio y forma un ejército que derrota a los almagristas en las batallas de Huaytará primero y, definitivamente, en la batalla de Salinas, el 6 de abril de 1538. Almagro, el viejo león de la conquista, cae prisionero y es llevado a juicio decretándose su ejecución.
Pizarro tenía en su puño el Perú entero. Junto con sus hermanos formaba un sólido clan con un pie en Lima y el otro en el Cuzco. Pero los seguidores del viejo Almagro no habían desaparecido. Su hijo, habido en mujer india, buscaría vengarlo. Diego de Almagro, apodado “El Mozo”, reclamó la herencia de su padre, pero, al serle negado este derecho, se alzó en armas. El 26 de junio de 1541, un grupo de almagristas irrumpió en el palacio de Pizarro dándole muerte y proclamando a Almagro El Mozo como gobernador de la Nueva Castilla.
Llegó entonces a América el licenciado Cristóbal Vaca de Castro, enviado del rey, quien, al conocer los detalles de la muerte de Pizarro, se unió al partido de este para someter a Almagro. Salieron en su busca y en la batalla de Chupas, cerca de Huamanga, derrotaron a su ejército. Preso El Mozo, fue condenado a muerte y ejecutado en el Cuzco.
Cabía entonces darle entidad a este territorio que tanta riqueza encerraba y, por ende, tantas pasiones desataba. Para esto fue instituido el virreinato del Perú y nombrado virrey Blasco Núñez de Vela, quien llegó a Lima en 1544. Blasco intentó aplicar en sus dominios las Leyes Nuevas proclamadas por el rey que establecían, entre otras cosas, que las encomiendas no podían ser hereditarias. A este punto se opusieron los encomenderos, encabezados por Gonzalo Pizarro, y desconocieron la autoridad del virrey. Capturado este en Lima, fue embarcado para Panamá pero logró escapar y tocar tierra en Tumbes. Reunió un ejército y marchó a Quito. Los pizarristas se dirigieron al norte y chocaron con las fuerzas virreinales en Iñaquito, donde Núñez de Vela fue capturado y decapitado en el mismo campo de batalla.
En el sur apareció Diego Centeno, quien reunió una fuerza para defender la autoridad de la corona de España, pero fue derrotado en la batalla de Huarinas.
Gonzalo Pizarro quedó dueño del Perú entero, en franca rebeldía contra la corona española, en un virtual estado de independencia. Nombró gobernadores e intendentes, generales y jefes de su estado mayor y envió por mar a Pedro de Hinojosa, a la sazón almirante de su flota, a dominar el istmo, cosa que logró en 1546.
Llegó entonces al Perú el pacificador, Pedro de Lagasca, hombre probo y honesto, leal e incansable, para poner en cintura a los rebeldes. Lagasca convenció a Hinojosa de cambiar de bando y juntos se dirigieron rápidamente al Cuzco, reuniendo en el camino un respetable ejército de leales. Ambas fuerzas se encontraron en la batalla de Anta, donde muchos rebeldes cambiaron de bando justo antes del combate. Salió vencedor el pacificador y, tomado prisionero, Pizarro es conducido al cadalso.
Vencidos los pizarristas, Lagasca regresa a España, pero deja tras de si muchos de los descendientes de los conquistadores, descontentos por las nuevas encomiendas otorgadas y pronto germina una nueva rebelión, esta vez acaudillada por Francisco Hernández Girón, quien logra llegar a las inmediaciones de Lima y, luego de algunas victorias, es finalmente vencido, capturado y ejecutado.
La autoridad del Rey ya no sería cuestionada, hasta que Túpac Amaru sacudiera la tierra nuevamente, dentro de doscientos veintisiete años.

jueves 17 de septiembre de 2009

El Grito de Dolores.

¿Quién es este hombre, en apariencia débil, casi un anciano, que a su calva rodean cabellos canos, que habla de la Virgen de Guadalupe y del Rey Fernando, que enseña a los indios, que va dando mueras, levantando ejércitos en las minas y en los campos?
Miguel Hidalgo de Costilla, cura de Dolores, es un párroco de muchas luces, curioso de los libros prohibidos, que ha preferido ser cura rural en un oscuro lugar de la Nueva España. Allí se hace uno con los indios. Sabe su idioma y enseña en su idioma todo lo que sabe: a criar abejas, a criar gusanos de seda, a cultivar la vid, a moldear cerámicas y a curtir cueros.
“Era hombre de carácter irreprensible y sumamente querido no solo por sus feligreses, mas también por todos los habitantes de las provincias vecinas. Pasaba por hombre de penetración y de conocimientos, es decir, de aquella clase de conocimientos que podía adquirir un criollo bien educado. […] Era franco y generosos, e incapaz de medidas astutas, de intrigas y bajezas.” (1)

En 1808 conoce a Ignacio Allende, comandante del regimiento Dragones de la Reina, que compartía sus ideas revolucionarias y conspiraba para establecer un gobierno propio en América. Junto con Ignacio Aldama, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, conocen la noticia del descubrimiento de la conspiración de Querétaro, imponiéndose la necesidad de actuar. Hidalgo lanza entonces el Grito de Dolores, ¡Viva la virgen de Guadalupe!, ¡Mueran los gachupines!, ¡Viva el Rey Fernando VII!. Con este acto se pone a rodar la guerra de independencia de México.
Hidalgo, al frente de trescientos hombres mal armados se apodera de Dolores y se dirige a San Miguel Grande, donde se les une el regimiento de la Reina. Al pasar por Atotonilco, Hidalgo toma como estandarte la imagen de la virgen de Guadalupe y se dirige a la toma de Celaya donde es nombrado capitán general y Allende teniente general.
Luego de la caida de Celaya se dirigen a Guanajuato, donde los realistas se refugian en la Alhóndiga de las Granaditas, un edificio fuerte donde se sentían a salvo. Los rebeldes llevan a cabo un infructuoso asedio, hasta que un mestizo conocido como el Pípila logra prender fuego a la puerta y, dejando entrar a las huestes del cura revolucionario, pasan por las armas a mas de 200 soldados realistas.
Desde allí, Hidalgo y Allende se dirigieron a Valladolid con una fuerza compuesta de 30.000 hombres, tomándola sin demasiada resistencia. Luego va a Toluca y, a las puertas de la ciudad de México, tiene lugar la batalla del Monte de las Cruces, donde los revolucionarios se alzaron con el triunfo. Este había sido muy costoso a los insurgentes y, en desacuerdo con Allende, Hidalgo reusa entrar en la capital y se retira al norte.
La oposición a Hidalgo había crecido en las clases altas tanto como su popularidad en las castas y clases bajas. A los terratenientes, comerciantes, dueños de minas, españoles o criollos, no les agradaba nada el levantamiento de las clases subyugadas y veían con terror la posibilidad de una guerra de razas. Por entonces, México tenía seis millones de habitantes al comienzo del siglo y los blancos eran solo el 18 por ciento, los indios 60 por ciento y los casatas (negros, mulatos, mestizos) el 22 por ciento. En este escenario dejaba a la clase dominante en clarísima desventaja ante una revolución social como la que planteaba Miguel Hidalgo. Y no es casual que surgiera este personaje del bajo clero. Estos estaban cerca del pueblo y conocían sus necesidades, viviendo sus mismas miserias. No así los altos prelados que gozaban en México de una gran riqueza, eran beneficiarios de diezmos y tributos y poseían gran cantidad de bienes.
Sobrevino la primera derrota de los insurgentes en Aculco, donde tuvieron gran cantidad de bajas entre muertos, desertores y prisioneros. Allende regresó a Guanajuato e Hidalgo se dirigió a Valladolid y Guadalajara. Aquí, Hidalgo organizó su gobierno revolucionario y dio a luz sus medidas sociales. Ordenó el reparto de tierras a los indígenas, la abolición del servicio personal, los tributos y la esclavitud y mandó publicar el periódico El Despertador Americano. Guanajuato cayó en manos realistas y Allende marchó a Guadalajara a reunirse con el cura. Las discrepancias entre ambos líderes por la dirección de la guerra continuaron y como consecuencia fueron derrotados completamente en la batalla de Puente Calderón, pese a una enconada resistencia contra fuerzas profesionales, hábilmente dirigidas por Félix María Calleja.
Los restos del ejército marcharon al norte, hacia Zacatecas, donde Hidalgo fue relevado del mando. Yendo de derrota en derrota, los insurgentes piensan que en Estados Unidos hallarán las armas que necesitan para continuar la lucha, pero son traicionados por Ignacio Elizondo y capturados. Hidalgo fue ejecutado el 7 de marzo de 1811 y su cabeza separada del resto del cuerpo y exhibida en una jaula colgada en la Alhóndiga de las Granaditas. Allende, Aldama y Jiménez corrieron la misma suerte.
La rebelión de hidalgo germinó en un terreno que venía siendo abonado desde tiempo atrás por la desigualdad entre los que todo lo tienen y los que no tienen nada, entre criollos y españoles, entre blancos e indios. Hidalgo condujo una informe masa de gente a la guerra, guerra a muerte, guerra de conquista y aquellos que hasta entonces habían pensado en un México independiente no aceptaron sus condiciones, aun aquellos que integraban sus mismas fuerzas. Lo que venció a la revolución del cura de Dolores fue el miedo de los blancos, españoles o criollos, religiosos o laicos a la guerra de razas que amenazaba con arrebatarles sus privilegios.
Recogería los restos de la derrota otro cura, Morelos, para luchar con más éxito pero con las mismas premisas que le enajenarían el apoyo de las clases altas mexicanas, aquellos que tenían el poder para cambiarlo todo pero que en realidad querían cambiar muy poco.

Fuentes:
http://www.sanmiguelguide.com/historia-independencia-2.htm
Lynch, John. Las revoluciones Hispanoamericanas. 1808 – 1826. Ed. Ariel.
Robinson, William. Memorias de la revolución de Megico. R. Ackermann, Londres. 1824. (1)

jueves 27 de agosto de 2009

Termópilas Americanas III. Las Guerras Calchaquíes.

Quien conozca los Valles Calchaquíes podrá formarse una imagen aproximada de las alturas, las distancias y las temperaturas de esta zona del noroeste argentino. Aquí las cordilleras corren de sur a norte paralelas las unas a las otras, ganando altura a medida que pierden humedad de este a oeste. Los montes y selvas de las laderas orientales van abriendo paso a los valles fértiles del centro que el riego convierte en un vergel. Al occidente, la puna va ganando espacio, poblada por manadas de guanacos, llamas y vicuñas. Las cumbres más altas sobrepasan los seis mil metros y son el reino exclusivo de los cóndores.
Aquí vivían las naciones Diaguitas, los más avanzados pobladores prehispánicos de lo que hoy es Argentina. Grandes alfareros, tejedores y agricultores, por influencia de los Incas, que integraron la región al Collasuyu, conocían el método de fundición del cobre y criaban llamas para carne y transporte.
A mediados del siglo XVI, los conquistadores españoles comenzaron a establecerse en la región, dando inicio a los repartimientos y encomiendas.
La primera guerra Calchaquí tuvo inicio en 1562 y a su cabeza se puso el cacique de Tolombón, Juan Calchaquí. Esta primera guerra fue un intento de evitar que los españoles conquistaran sus tierras. El ejército de Juan Calchaquí destruyó tres ciudades y obligó a los europeos a retirarse hasta Santiago del Estero, de donde habrían de volver.
La segunda de las guerras Calchaquíes comenzó en 1630 y tuvo al mando al cacique Chelemín. La rebelión se esparció por todo el Tucumán, región que hoy comparten las provincias argentinas de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. Chelemín persiguió a los españoles y puso sitio a La Rioja, sacrificando en el camino todo lo español (fueran vidas o bines) que encontraba. Durante los trece años que duró la contienda, los americanos lograron destruir al menos dos ciudades españolas, pero con cada derrota que sufrían su poder se debilitaba cada vez más. Los guerreros que no caían luchando y eran tomados prisioneros eran pasados por las armas y aquellas poblaciones conquistadas por los europeos eran irremisiblemente arrasadas, sus cosechas destruídas, sus pobladores alejados de sus casas en varias direcciones y sus bienes saqueados. En 1643, Chelemín cayó prisionero y fue descuartizado en la ciudad catamarqueña de Londres. La guerra acabó.
La tercera guerra comenzó con la rebelión de un andaluz, Pedro de Bohórquez, en 1657 y, aunque este se rindió en el primer año de lucha, la contienda se prolongó hasta 1665. Los últimos guerreros Calchaquíes, los Quilmes, se refugiaron en un pucará casi inexpugnable, donde resistieron el asedio de las armas españolas hasta que la falta de alimentos los obligó a rendirse. Allí comenzó un derrotero de más de 1700 kilómetros a pie hasta una reducción al sur de la provincia de Buenosa Aires, donde hoy se encuentra la ciudad de Quilmes, a la que llegaron muy pocos de aquellos que habían dejado su tierra.
Los pueblos originarios del noroeste argentino volverían a pelear ahora la guerra de independencia y aunque esta vez la victoria sería suya, poco y nada habría de cambiar su situación. Hasta hoy.

jueves 23 de julio de 2009

Honduras y la Cajita Felíz de los golpes de estado

“Sucesión forzosa”. Si hubiera risas de fondo, todos entenderíamos mejor la ironía. Los rótulos a los hechos del último mes en Honduras varían bastante según el cristal ( del televisor) con que se los mire. Para cualquiera con dos dedos de frente, lo que ocurrió en la madrugada del día 28 de junio, fue, lisa y llanamente, un golpe de estado. Muchos medios de comunicación se ocuparon desde entonces en tratar de torcer la opinión de su audiencia alegando que “en realidad no es tan así” y, en todo caso, Zelaya se lo buscó.

A lo largo de la historia de América Latina ha habido un sin fin de gobernantes que se buscaron su propia destitución. Arbenz se lo buscó porque era “rojo”, Allende se lo buscó porque había ganado por escaso márgen, Perón se lo buscó porque era hereje y se la está buscando Chávez, se la está buscando Morales, se la busca Correa, se la busca Ortega y se la buscan los Kirchner. Todos estos gozaron y gozan de una exquisita prensa opositora, capáz de torcer voluntades y resultados electorales y capáz de hacer ver al lobo como el más tierno de los corderos, tienen un ejército aparentemente leal y una iglesia que, cada tanto, protesta por algo.

Lo que quizás haya catapultado a Zelaya a la categoría de comunista recalcitrante haya sido su voluntad de reducir la pobreza en su país transfiriendo el costo a la clase más alta. O quizás el aceptar el plan petrolero de Chávez porque es realmente bueno para el país. O tal vez haya sido su solicitud de entrar al ALBA. De ninguna manera podemos morder el anzuelo de que a las Fuerzas Armadas no les quedó más remedio que invitar cordialmente a Zelaya a retirarse de su cargo y su país porque, en realidad, es un tirano sediento de poder que quiere entronizarse para toda la eternidad, poniéndolo en pie de igualdad con Chávez, otro emperador. A casi nadie parece interesarle la constitución o la democracia. Porque Zelaya quería una encuesta no vinculante que decidiera si en la Asamblea a reunirse en noviembre debía o no tratarse el tema de llamar a un plebiscito para modificar la constitución, se dijo que Zelaya quería modificar la Constitución para que esta le permitiera ser reelecto. Falacia. En realidad, el temor de la oligarquía y el ejército era que se modificase una constitución sancionada en 1981 bajo un gobierno militar y diseñada para asegurar el predominio de las altas clases hondureñas y el pleno goce de sus privilegios. Este es el objeto y no otro.

Aquellos que estudiamos la historia creemos que la mayor utilidad de su estudio es evitar cometer los mismos errores que en el pasado, pero en América Latina, parece que la historia está condenada a repetirse. Claro que cambia el ambiente, pero los hechos, esos que consideramos aberrantes por el dolor que causaron, esos que han condenado a la ruina y la pobreza a millones, esos que atentan contra la condición humana y que tanto cuestan desterrar, reaparecen como fantasmas resucitados de otro tiempo.

El creer que detrás del golpe de Honduras hay una “mano negra” de Estados Unidos, mejor dicho, del poder económico estadounidense, surge de la experiencia más carnal. Jacobo Arbenz, luego de promover una reforma agraria que amenazaba los enormes latifundios de la United Fruit, fue acusado de comunista, de tender lazos con la Unión Soviética y de promover la lucha de clases. Atacado desde los medios de comunicación, finalmente fue derrocado. Años después, aparecieron los documentos que implicaban a la CIA en el golpe. Juan Domingo Perón se enfrentó con la iglesia, tocando un resorte sensible del mecanismo que inició su deposición. Estados Unidos no había olvidado el enfrentamiento de Perón con el embajador Braden y cayeron bombas sobre Buenos Aires. Salvador Allende inició un camino similar. A los ataques de la prensa y de la iglesia católica se le sumó el bloqueo de las rutas por parte de transportistas en huelga que dejaron desabastecido el país, algo similar a lo que ocurrió en Argentina el año pasado. Además, allende tenía relaciones con la Cuba de Fidel Castro. El resultado fue el golpe del 11 de septiembre de 1973. Más tarde trascendió que Estados Unidos había financiado y promovido la huelga y el levantamiento militar. Egresados de la Escuela de las Américas hicieron estragos en la mayoría de los países latinoamericanos, escuela fundada y mantenida por el gobierno de Estados Unidos.

Algo nos suena, como al perro de Pavlov, cada vez que hay una “sucesión forzosa” en América Latina.

Tal vez, aquellos que hoy justifican el golpe contra el gobierno constitucional de Zelaya, hubieran encontrado entonces motivos que validaran la acción, y callan sabiendo cuales serán los resultados.

Las tibias protestas de Estados Unidos no dejan de ser una novedad. En épocas pasadas se hubieran apresurado a reconocer al gobierno de facto, alegando defender los intereses y vidas de los estadounidenses en ese país, aunque no hubiera ni uno. Esos eran tiempos de Guerra Fría. Hoy es otra la música, pero hace bailar lo mismo.

El verdadero peligro, ese que pone de punta los pelos de los socios del poder, ese que aterra al diez por ciento más rico que tiene el cincuenta por ciento de la riqueza, ese peligro es la conciencia de sí que parece estar asumiendo Amérca Latina.

Luego de la experiencia neoliberal de los ´90, Latinoamérica le fue soltando, poco a poco, la mano al capitalismo salvaje del FMI, el Club de París y las demás recetas de Wall Street. La aparición de Lula, Chávez, Correa, Morales, Ortega, Lugo, Bachelet, Vázquez y hasta Kirchner no es casual. Si a esto sumamos el final de la condena a Cuba en la OEA, tenemos como resultado un movimiento que comienza a poner por delante las necesidades de la mayoría.

El golpe contra Honduras es un manotazo de ahogado de las oligarquías americanas que pierden escrúpulos con la misma velocidad con la que pierden poder, pero no deja de ser un llamado de atención sobre un hecho grave.

Aprendimos con dolor que existe una especie de “Cajita Felíz” disponible para dar golpes. Adentro hay un motivo pueril, una acusación generalmente falsa, un amigo indeseable y la promesa de salvaguardar la democracia. El juguete de la cajita, el regalo, es algo muy bonito en apariencia pero realmente inútil. Este juguete trae instrucciones para apuntalar al gobierno de facto, como censurar a la prensa opositora (caso Allan McDonald, periodista y caricaturista secuestrado junto con su hija de 17 meses a las 3 AM del día 28 de junio, a quien se le quemaron todos sus dibujos y materiales de trabajo), declarar el estado de sitio, reprimir las manifestaciones, buscar el apoyo de Estados Unidos, reprimir, no dialogar, reprimir, amenazar con un baño de sangre, reprimir, suprimir las libertades individuales, reprimir un poco más, buscar desesperadamente apoyo en el exterior y, si no se consigue, llamar a elecciones trampeando o, directamente, proscribiendo, al representente del gobierno derrocado. Y, de paso, reprimir.

La resolución del problema no debería tomar otra vía que la del diálogo. Cuando prevalecen las ideas no hay revancha posible y la sangre solo trae más sangre. La condena del golpe debe ser unívoca, sin dejar margen a las declaraciones de personajes que intentan justificarlo y lanzan al aire una amenaza disfrazada de opinión. No hay ya lugar para el miedo, pero si para los ojos bien abiertos.