Termópilas americanas. Parte II.

La Vuelta de Obligado.

En un recodo del río, donde se angosta y se retuerce la serpiente líquida y marrón, una cadena y varios botecitos cierran el paso a una formidable flota de los dos mayores imperios de la tierra. En las barrancas esperan unos pocos soldados bisoños pero convencidos de llevar hasta las últimas consecuencias la defensa del suelo que los vio nacer. Por no bajar la cabeza ni dar el cuello al filo del hacha, estos soldados, gauchos de la ribera y las islas del Paraná, van a dejar la vida.
Al mando de las baterías de defensa instaladas por orden de Rosas se encontraba Lucio V. Mansilla. Son 160 los artilleros y 2000 los hombres de tropa. Veinticuatro lanchones sostienen tres gruesas cadenas de orilla a orilla y un solo barco, el Republicano, custodia el paso.
Desde las ocho de la mañana, hora en que comenzó el bombardeo, las fuerzas argentinas se batieron con bizarría y coraje, a pesar de ser superados en número y, sobre todo, en armamento.
Por la tarde, quemando los botes que sostenían las cadenas, la flota anglo-francesa fuerza el paso, haciendo que el Republicano tuviera que ser volado por su capitán para que no cayera en manos enemigas.
Un desembarco de infantería produce el choque en las barrancas del río, donde se pierden veintiún cañones.
Con 250 muertos, 400 heridos, entre ellos, los jefes de la defensa, la batalla se decide a favor de los invasores, que, sin embargo, no pueden proseguir rio arriba por los daños que sufren sus naves.
De los 90 buques mercantes que justificaban la expedición europea, solo 52 pasaron y llegaron al Paraguay, siendo continuamente hostilizados por Mansilla y otros jefes, la mayoría de las veces, al mando de lanceros del Paraná, gauchos de las orillas y unos pocos soldados de linea.
"Tonelero" , "Acevedo" , "San Lorenzo" y la "Angostura del Quebracho" fueron otros combates de la llamada “Guerra del Paraná”, que terminaron con el proyecto europeo de derrocar a Rosas.
La flota anglo-francesa devolvió todas las presas y territorios a la Argentina y saludó con salva de 21 cañonazos al pabellón nacional.
La noticia de la defensa de Obligado recorrió el mundo, haciendo mudar la imagen de déspota que de Rosas tenían. El General San Martín, exiliado en Francia, lo felicitó por la defensa de la soberanía nacional y le legó su sable, al tiempo que muchos opositores de su gobierno le reconocieron su valía y algunos, hasta se pusieron a sus órdenes como el capitán Chilavert, hombre de gran valor.
Sin embargo, la suerte del caudillo estaba echada, y una conspiración de las mismas potencias más el imperio brasileño y los enemigos unitarios terminaría por derrocarlo en 1852.
http://www.lagazeta.com.ar/obligado.htm
Carlos Andrés Amaya, “20 de Noviembre de 1845Batalla de la Vuelta de Obligado”

La Quebrada de Humahuaca.

La quebrada de Humahuaca, como una cicatriz en la tierra siembre abierta, es, y fue siempre, la puerta de entrada al norte argentino y al sur boliviano.
De los caminos que existían para los arrieros de mulas o de llamas, los comerciantes, los metales que iban al puerto de Buenos Aires y los ejércitos que subían o bajaban, la quebrada era el mas accesible, tanto por la disponibilidad de víveres como por la benevolencia del clima.
Desde Diego de Almagro a las guerras civiles argentinas, el dominio de la quebrada significó el triunfo o la derrota, la abundancia o la pobreza.
Los primeros pobladores de la quebrada sabían de la importancia de la posición que ocupaban y, para defenderla, construyeron fuertes emplazados en alguna altura dominante, como el Pucará de Tilcara, en la provincia argentina de Jujuy.
Los conquistadores que bajaban del altiplano seguían naturalmente esta ruta para internarse en los valles fértiles de Salta. Allí enfrentaron las rebeliones de los Diaguitas y Calchaquíes.
Más tarde, la quebrada se convirtió en una verdadera autopista por la que iban y venían hombres, bestias y bienes. Por aquí bajaba el tesoro de Potosí, rumbo al puerto de Buenos Aires, y aquí era donde los innumerables desfiladeros invitaban a bandidos y asaltantes a tentar la suerte.
Aquí emboscaron numerosos contingentes las guerrillas indias de la Gran Rebelión de 1780 y aquí los derrotaron también. Por aquí caminaron los presos rumbo al norte, a dejar el alma en el socavón. Por aquí se cierra o se abre la tierra. Es esófago que todo lo devora y es vena que va al corazón.
Por la quebrada trepó el primer Ejército Auxiliar del Alto Perú en los primeros espasmos de la guerra de independencia americana y por aquí bajó, perseguida. En la quebrada fueron atacados los rendidos en Salta, a quien Manuel Belgrano, con ánimo conciliador, había dejado ir y por aquí volvieron a venir rompiendo el juramento, cuando en Vilcapugio y Ayohuma les sonrió la suerte.
Desde entonces y hasta 1823 la quebrada fue el escenario de la guerra, de toda la guerra. Iban y venían unos y otros fortificando Humahuaca y tomándola por asalto, defendiendo o atacando Huacalera, Tilcara, Uquía, Volcán, Tumbaya, el Puesto del Marqués, la entrada al abra del Zenta, la subida a la Puna, los campos de Yavi hasta las angostas gargantas de Tupiza.
Aquí se hicieron célebres los Gauchos de Güemes, atacando y desapareciendo. Aquí triunfaron los realistas por llevarse una vaca.
La quebrada vio días como el de la toma de Humahuaca, vio a Apolinario Saravia, al “Pachi” Gorriti, a Rojas, a Castro, a Marquiegui y a otros tantos bravos.
Por la quebrada volaban los cóndores y los chasquis llevando o trayendo mensajes que a menudo eran interceptados por una partida volante, una vanguardia o un combatiente disfrazado de fraile. En la quebrada el primo era enemigo del hermano y la tia esposa del capitán oponente. El padre renegaba del hijo y el hijo vociferaba en contra de la fe de su madre y en contra de su rey.
Al final, quedó este tajo en manos patriotas. Pero no terminó allí su papel protagónico. Las guerras civiles argentinas, la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana, los exiliados de uno y otro punto cardinal siguieron fluyendo como agua por un arroyo.
Por esta cicatriz llevaron los unitarios el cuerpo sin vida de Lavalle, escapando de los federales que les pisaban los talones. En Tilcara lo velaron, más allá lo descarnaron y sus restos descansaron solo después de salir de esa garganta que todo lo traga.
Hoy, la quebrada la transitan ojos de asombro, porque además de un camino es uno de los más hermosos paisajes de América del Sur. Sus habitantes, que poco difieren de aquellos de otros tiempos, han dejado para nosotros la puerta abierta, pero la Quebrada, garganta hambrienta, no devuelve sus presas y, frecuentemente, te roba el alma.

El Morro de Arica.

A fines de 1879 la guerra entre Chile, Perú y Bolivia era un hecho. Los chilenos habían vencido en la batalla del Campo de la Alianza haciendo que Bolivia se retirara de la contienda y dejando la ciudad de Tacna en poder del invasor. Ya estaba perdida la provincia de Tarapacá para el Perú, y las últimas tropas se mantenían en Arica, plaza que esataba al mando del Coronel Bolognesi y contaba con 1918 hombres, de los cuales 1200 eran civiles de Tacna.
El ejército chileno, compuesto por 6500 hombres, llegó a la ciudad el 2 de junio, instalando sus baterías Krupp para encerrar a los defensores. Acto seguido, el Coronel Lagos, comandante de las fuerzas chilenas, envió al Mayor José de la Cruz Salvo a invitar al Coronel Bolognesi a capitular, al que este respondió “tengo deberes sagrados y los cumpliré quemando el último cartucho”, recibiendo el apoyo de su estado mayor.
El día 6 de junio comenzó el bombardeo. Dos barcos peruanos, el monitor “Manco Capac” y la torpedera “Alianza” salieron al encuentro de las cuatro naves chilenas que cañoneaban la plaza. Después de cuatro horas de fuego de artillería, los barcos chilenos se retiran.
Por la tarde, la infantería chilena amaga el ataque por el este, le responden las baterías peruanas, deteniendo el avance.
El ataque final se produjo el día 7. 3,600 hombres avanzaron, amparados en los claroscuros del amanecer. Sigilosamente se acercaron los atacantes a la Ciudadela, percatándose sus defensores de su presencia cuando los separaban solo trescientos metros. Se intercambian algunos disparos, pero pronto se traba el combate al arma blanca y cuerpo a cuerpo. Los peruanos, se disponen a vender cara la derrota, se inmolan por su patria, por este pedazo árido de su suelo y hacen volar el polvorín del fuerte. Los jóvenes tacneños, defensores de la Ciudadela, mueren todos en el combate.
Las fuerzas que estaban en otras posiciones comenzaron a replegarse hacia el morro, donde darían la batalla final, destruyendo su artillería para que no le fuese útil al enemigo. Los chilenos tomaron la batería Norte y Cerro Gordo, confluyendo hacia el morro.
Allí, la lucha se hizo inmisericorde. Era matar o morir, no cabía dar ni pedir cuartel. Una descarga cerrada hirió de muerte al Coronel Bolognesi, que estaba en lo más álgido de la batalla. Desde el piso siguió disparando su revólver, hasta que fue ultimado por la culata de un fusil chileno.
A las 8:45 cesaron los combates. Los atacantes recorrían el campo ultimando a los heridos, y hubieran aniquilado a todos los peruanos de no ser porque los oficiales chilenos los protegieron aún exponiendo sus propias vidas.
La guerra, pergenio de ingleses, trampa de ingleses, hermanos que muerden el anzuelo, continuaría aún y los peruanos seguirían dando muestras de heroísmo en Miraflores y la campaña de la Breña, al mando del Tayta Cáceres, aunque la victoria final sería de Chile.

Fuentes:
Pongo, Carlos “Comentario sobre la Batalla de Arica y el heroe de esta Francisco Bolognesi”

Pozo Boquerón.

Bolivia y Paraguay van a la guerra. Van a matarse por un pedazo de chaco estéril donde la Standard Oil y la Shell creen que hay petróleo. Estas dos empresas se visten con las banderas de cada estado, a los que han convencido de poner los muertos y los heridos en este duelo de magnates.
El Chaco es un llanura seca, cubierta por un monte espeso de árboles duros y plagado de animales ponzoñosos.
De cuando en cuando, como una aparición, el agua pasa a por debajo de la tierra polvorienta a una profundidad alcanzable. Alrededor de estos pozos se establecían los comandos, fuertes y cuarteles. Eran puntos obligados en el avance de todo ejército que se movía entre uno y otro como enlazando un dibujo. Pozo Boquerón era uno de estos regalos del árido Chaco.
Quinientos soldados bolivianos, al mando del Teniente Coronel Manuel Marzana ocupaban el punto y esperaban el ataque de los paraguayos comandados por el Teniente Coronel Estigarribia. Mientras éstos preparaban el ataque, aquellos ponían a punto las reservas. Nidos de ametralladora, trincheras, fosos y trampas rodeaban la plaza.
El 9 de septiembre de 1932 Estigarribia se decidió a atacar confiado en que sus cinco mil hombres barrerían a los poquísimos bolivianos. Las ametralladoras y fusiles volteaban como moscas a los soldados guaraníes que tuvieron que retirarse desmoralizados. Atacaron entonces con artillería y fuego de morteros, pero la posición seguía firme. Estigarribia pidió refuerzos: 7.000, 10.000 hombres para desalojar a quinientos.
Cada ataque era repelido. Los paraguayos perdieron gran cantidad de soldados y la tenacidad de los defensores crecía a medida que mermaba el ánimo de sus atacantes.
Sin embargo, el hambre y la sed, estaban llamados a cumplir un rol fundamental en la historia. Después de varios días de resistencia, los víveres comienzan a escasear. Son sacrificadas las mulas de la artillería y la poco agua que se puede conseguir está en un pozo bajo fuego enemigo. Los médicos de la guarnición no tienen medicinas para detener la infección de las heridas de los soldados que están hacinados en un galpón y la aviación boliviana erra el blanco y suelta municiones y víveres sobre los paraguayos.
La situación, desesperante en todo punto, es conocida en el mundo entero, donde se elogia el valor de los del altiplano. Sin embargo, y luego de resistir diecinueve días con sus noches, Marzana convocó a sus oficiales para hablar sobre la posibilidad de conseguir una redición honrosa. Sin embargo, en la mañana del 29 de septiembre, los paraguayos irrumpieron en el recinto tomando a los sobrevivientes prisioneros. Llevados a Asunción, el presidente Eusebio Ayala dijo en un discurso: "Los oficiales y soldados bolivianos que se batieron en Boqueron y son nuestros prisioneros, se comportaron con tal bravura y coraje, que merecen todo nuestro respeto".

Fuentes.
http://www.geocities.com/laguerradelchaco/5boqueron.html
http://members.tripod.com/narraciones/paraguay.html
http://www.batallas.org/viewtopic.php?t=2289&start=0&postdays=0&postorder=asc&highlight=

jueves, 16 de abril de 2009

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