Fragmentos de la realidad

Hoy me toca publicar algo sobre la actualidad Argentina, que se hace extensivo a muchos otros países Latinoamérica.
En Argentina tienen lugar los mismos fenómenos a los que está acostumbrada casi la región entera. Uno de esos fenómenos es el del gobierno de los fantasmas del miedo. La propaladora del terror, máquina que nunca calla, pone al máximo sus bocinas para meternos debajo de la piel (piel de gallina) una importante dosis de miedo. Llámese este como se llame, es, en definitiva, miedo en sí: a la pérdida de empleo, a la inseguridad, a la pobreza (y, por ende, al pobre), a la soledad, al qué dirán y varios etcéteras. Claro que para el miedo que ellos diseñan, existe una solución diseñada también en sus laboratorios. La ya célebre “crisis mundial” que a todos nos amenaza es el ejemplo máximo de la habilidad de los tejedores de miedo. ¿Qué hubiera pasado si los medios de comunicación, en lugar de predicar la proximidad del Armagedón, hubieran dicho, “muy bien, la economía mundial se va a desacelerar, pero saldremos adelante, y lo haremos de la siguiente manera”?. Nada hubiera pasado. Tal vez, ni siquiera la crisis hubiera tenido donde anidar, porque sabemos que la paranoia hace sola su trabajo y come miedo.
En Argentina, en las puertas de las elecciones legislativas, los medios masivos de comunicación hacen su trabajo a pedido de manera impecable. Dedican horas televisivas y páginas enteras a los horrores de un monstruo de turno, al que le dan la estatura que quieren. En el menú de estos días el monstruo es la inseguridad. Muestran las manifestaciones, formadas por lo que llaman “la gente” o “los vecinos”, que piden (hacen un “reclamo”) la crucifixión de tal o cual delincuente imberbe. Difunden el dolor de los familiares como acicate de la bronca, debaten por si o por no la pena de muerte, prohibida por la eternamente vejada Constitución Nacional, sacando al aire a famosos que están a favor y a alguno que otro desconocido en contra. Se hace hincapié en la violencia de tal o cual hecho, en la destrucción de una familia “de trabajo”, en la corta edad del “imputado”.
Está probado en todo el mundo que las medidas de modo “mano dura” no disminuyen los índices de violencia ni de delincuencia. Los medios que reflejan esta solicitud de la sociedad la difunden como la única solución posible, aunque hagan una pantomima de debate.
Nada hablan de la violencia a la cual está sometida la mayoría de la sociedad, nada dicen del hambre, de la desesperación ni de la exclusión. ¿No es violento que un chico se muera de hambre? ¿no es violencia que se lleven nenas de los barrios pobres de todo el país para prostituírlas? ¿no es violencia el peón rural que se queda sin trabajo por el avance imparable de la soja? ¿no es violencia que levanten muros para dividir, para aislar como en campos de concentración al que no tiene ni tuvo ni tendrá las mismas oportunidades? ¿no es violencia empujar a la gente a vivir en condiciones paupérrimas, en lugares contaminados, entre la basura, comiendo basura? ¿no es violencia, acaso, la discriminación a la cual son sometidos los pobres solo por ser pobres? ¿no es violencia la cárcel sin causa, la pena al adicto a las drogas, los abusos policiales? ¿no es violencia la opulencia, la exhibición? ¿no es violencia es la falta absoluta de solidaridad, que genera rencor, desesperanza, desaliento y desconfianza? ¿no es violencia el “sálvese quien pueda”?
Como siempre, el árbol no deja ver el bosque, y ese árbol está muy bien plantado.
Este país, dijo Menem, no tiene el “problema” de los negros porque en otro tiempo, la clase dirigente, se encargó de aniquilarlos. Ahora tiene entre cejas a otro sector y es la violencia de clase la peor violencia que asola a esta tierra. Aquellos que tienen, de este lado, a ver como se arreglan, y los que no tienen de aquel otro, a ser carne de cañón, mercadería política, clientela estatal (sea el estado que sea), eternos culpables. En los diarios, la radio o la televisión nada dicen de esta violencia ejercida contra los más débiles. Los pobres que protestan son y serán tildados de piqueteros a sueldo, en contrapartida, los caceroleros son “vecinos autoconvocados”. Los pobres muertos nunca aparecen en los noticieros y las familias (por definición costumbrista o para simplificar nomás, “cartoneros”, como si ser cartonero no fuera un trabajo) que quedan destruídas, no obtienen un mínimo espacio en algún medio para pedir justicia, que seguramente, se les reirá en la cara. En los barrios pobres, los pibes caen como moscas fusilados por la policía, el paco o el fuego cruzado, pero esa inseguridad no merece atención y no parece necesitar ninguna solución.
Entonces parece que no es inseguro vivir en las villas, cantegriles, favelas, etc, No es inseguro vivir en una casilla de madera y cartón que puede prenderse fuego con el reflejo del sol en un vidrio. No es inseguro ir al colegio, donde los chicos van armados para agredir o para evitar ser agredidos porque aprendieron en algún lado que nadie va a defenderlos, porque vieron al padre o al hermano salir armados. No es inseguro defender la tierra que no tiene dueño hasta que alguien la ocupa, aún a pesar de las balas perdidas. No es inseguro que un chico trabaje, en el campo o en la calle. No es inseguro pedir ayuda a quien se supone que debe ayudarnos. Ser pobre, en fin, es lo más inseguro.
Tal vez habría decirle a esta gente que no hay muro ni pena de muerte que den seguridad. La fuente de la inseguridad (un término que me esta empezando a parecer difuso) es la pobreza, la falta de educación, la exclusión y el resentimiento que esta genera, la falta de trabajo, de oportunidades, la droga, la ineficiencia judicial y la corporación delictiva que es la policía. Aunque instauremos la ley de Talión, con esta sociedad y este sistema especializado en parir pobres, conseguiremos solo sangre y una sensación aún mayor de desamparo.
Misteriosamente, nadie, ni los medios ni la clase política (de ninguna clase) se toma en serio las señales de este desarme, de este ataque a las más mínima chance de cohesión y ayuda a dormirnos a todos en una ilusión de que debemos cuidar aquello que tenemos porque tal vez mañana no esté, debemos enviar a nuestros hijos a estudiar a un colegio privado, debemos pagar la obra social, debemos trabajar como nos dicen, debemos pensar en nosotros mismos y en nadie más y debemos tener el último celular y un cabello lacio a cualquier precio.
La Argentina se está fragmentando cada vez más y no es una sorpresa que así ocurra. Parece que hay que poner en práctica aquello de “divide y reinarás” para reinar, finalmente, sobre una montaña de desesperados que no ven sino en el otro a su enemigo. Y aquel que encontró un culpable no lo suelta, sin mirar más arriba, donde está el que lo utiliza.
El miedo, el arma certera que jamás aparta la mira, funciona a la perfección para alejarnos a los unos de los otros. Apartar la mirada de los verdaderos problemas es estar condenados a poner parches para siempre.
Es necesario leer entre líneas, ver la mano que mueve los hilos, pero más necesario es darnos cuenta de que todos es mejor; todos es posible.

martes, 21 de abril de 2009

2 responses to Fragmentos de la realidad

  1. Anónimo says:

    "La ya célebre “crisis mundial” que a todos nos amenaza es el ejemplo máximo de la habilidad de los tejedores de miedo."

    Esta frase me pone la piel de gallina. Tremenda pero excelente.

  2. Anónimo says:

    Los economistas más PESISMISTAS de Argentina sugieren que 2009 dará -3% versus año anterior.
    Aún así, después de crecer 7 años al 6% promedio anual, estamos TAN lejos de las cifras de 2001...

    2001 era una crisis, esto es simplemente una desaceleración generada por lo que pasa en el resto del mundo. De culo, por pericia, le guste al que le guste,le duela al que le duela, sería necio negar que estamos mejor que muchos países de primera línea.
    Tenemos aire, ahora veremos cómo lo utilizamos.

    Pero insisto, estamos 60% arriba de la crisis de 2001.

    Formas de verlo, simplemente.

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