El silencio de los Libertadores

Entre 1808 y 1811 florecieron en todo el continente las Juntas Gubernativas, en la letra, conservadoras de la soberanía de Fernando VII; en la práctica, embrionarios gobiernos criollos de estados independientes. Al tiempo que esta segunda intención se hacía manifiesta, la resistencia realista se ponía en marcha para sofocarlas. Rápidamente se acallaron los fusiles de la Revolución Cochabambina de Murillo en 1809, fracasó la expedición de la Primera Junta de Buenos Aires al Paraguay y se ahogaron en sangre las Primeras Repúblicas de Chile y Venezuela y la Patria Boba de la Nueva Granada. Era la guerra, declarada y abierta, enconada y cruenta.

A pelearla acudirían antiguos oficiales del Ejército del Rey, comerciantes, ganaderos, abogados y curas, esclavos, indígenas, peones y mineros. Los guiarían los Libertadores, estirpe americana, puro carácter y decisión. Artigas, Bolívar, Belgrano, San Martín, Sucre, O´Higgins, Miranda, Hidalgo, Morelos...ninguno tendría paz ni recompensa luego de quince años de matar y morir en los campos de batalla. Sus figuras, demasiado grandes, serían peligrosas para los gobiernos emergentes de las fraccionadas repúblicas americanas. Demasiado influjo tenían sobre los pueblos y las tropas, demasiado poder.

El temor siempre estuvo camuflado de ingratitud para los mezquinos, los enredadores y para los agentes extranjeros que no veían mas allá de sus latifundios o sus consulados en Europa, para quienes nunca existió mas patria que sus estancias o sus acciones en alguna banca de allende el mar.

Bolívar murió en 1830 en Santa Marta, Colombia. Ya no su gran Colombia de Boyacá y Carabobo, esa no existía. Su espada había forjado una gran nación que el filo del egoísmo ahora cortaba en cinco estados debiluchos. Se lo atacó con saña donde antes había sido aclamado, se le acusó de tirano, se le alejó de su tierra, se le negó el descanso. Al fin se quedó sin fuerzas y no pudo con su pena.

San Martín vivió treinta años en Europa, alejado de la tierra que lo había visto nacer y por la que había dejado todo. Ni Chile, que le debía su independencia, ni el Perú que él había despertado, ni las Provincias Unidas del Rio de la Plata pudieron o quisieron darle un lugar para descansar de tanta guerra. En Buenos Aires, fundo de Rivadavia, su nombre era mala palabra y sinónimo de traidor por haberse negado a retrogradar un ejército que él había armado para asegurar la independencia y no para abrir el pecho de otros argentinos. En el Perú le pusieron el mote de Rey José y lo abandonaron sus mejores generales. Intentó una vez volver a su país, pero este nada tenía para si, mas que agravios y la tumba de su esposa. Se embarcó sin pisar suelo argentino para terminar sus días en Francia, pobre y olvidado.

Artigas, en su tiempo Protector de los Pueblos Libres, tuvo también su largo exilio. Treinta años dedicó su tiempo al cultivo de una parcelita de tierra en Paraguay. Lo corrieron los Portugueses que invadieron la Banda Oriental, las armas que las rentas del puerto podían pagar y los antiguos aliados enredados por la retórica hipnótica del vil metal. Nunca tuvo más bandera que la federal, cruz suficiente para su condena.

Belgrano, creador de la bandera argentina, héroe de las invasiones inglesas, General vencedor de Salta y Tucumán, abogado patriota y miembro de la Primera Junta de Gobierno, expiró solo y pobre en 1820. Morelos e Hidalgo murieron por México, traicionados por los suyos. O´Higgins vio las espaldas de sus conciudadanos antes de dejar Chile para siempre y radicarse en el Perú. Sucre, Gran Mariscal de Pichincha y Ayacucho, genial militar y persona brillante, murió asesinado en los bosques de Ecuador por bandidos a sueldo. A otros muchos, la traición les tendió el puente al mas allá, como a Güemes, muralla contra la que se estrellaron los orgullosos ejércitos relistas del Alto Perú.

El olvido, la condena, el oprobio y el exilio fueron las armas del miedo de aquellos que se sabían pequeños y que solo podrían mantenerse en su telaraña si los grandes hombres ya no estaban. La historia americana seguirá dando garrotazos en la cabeza para provocar la amnesia de los pueblos hasta el día de hoy, borroneando los libros de escuela, manipulando el almanaque, proscribiendo a quien merece el bronce y el mármol.

Cada vez que alguien oiga hablar de un demagogo, de un tirano, de un loco, de un idealista, de un soñador o un romántico que no tiene los pies sobre la tierra, que desconfíe, porque allí, tal vez, haya un Libertador.

domingo, 5 de agosto de 2007

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