José de San Martín, el exiliado.

Nació en Corrientes, murió en Francia. Formó un cuerpo de caballería profesional. Peleó en San Lorenzo. Reorganizó el Ejército del Norte, gobernó Cuyo, inventó de la nada el Ejército de los Andes, lo equipó y disciplinó con casi nada y pasó los Andes. Peleó en Chacabuco, Cancha Rayada y Maipú, liberó Chile. Armó una escuadra y un Ejército Unido, embarcó para Perú, entró en Lima y declaró la independencia. Fue Protector del Perú. Su ejército venció en Pasco y Nazca, sus hombres en Pichincha y Rio Bamba. Fue a Guayaquil y volvió solo.

Todas estas cosas, José de San Martín las hizo por la Patria. No por lo que hoy es Argentina, no existía entonces tal cosa, sino por la patria grande de América. ¿Cómo se explica, entonces, el desprecio con que fue tratado en Buenos Aires, Chile y Perú?¿Quiénes eran sus enemigos?.
Durante su corta vida pública, a la par de los elogios por sus triunfos militares, recibió todo tipo de cuestionamientos y difamaciones. Se dijo de él que era agente inglés (aun hoy se discute), que era masón y enemigo de la iglesia, que era borracho y adicto al opio, que había llegado a Chile al mando de un ejército conquistador y que en Perú quería coronarse rey.
Tuvo pocos amigos. El fiel Guido, su amigo Agüero, Manuel Belgrano, son de los pocos con quienes tenía cierta intimidad. De carácter parco, poco afecto a las multitudes, discreto y austero en el comer y el vestir, San Martín no encajaba muy bien en los altos círculos de la sociedad decimonónica sudamericana.
Su primera actuación política fue la participación en una asonada militar que derrocó al Primer Triunvirato, dirigido por Bernardino Rivadavia, quién, de ahí en más, sería uno de sus mas acérrimos enemigos.
Estando al mando del Ejército del Norte, comprendió que mientras existiera el Virreinato del Perú la independencia de Sudamérica no se verificaría y, para destruirlo, era preciso una incursión militar que no tomara el camino del Alto Perú, donde se había estancado la guerra y ninguno de los bandos podía avanzar. Confió a Güemes la defensa de la frontera norte y concibió su plan de atacar Lima por el Pacífico desde Chile. Es probable que hubiera oído hablar de este plan en Londres durante su estadía de 1811, ya que existía uno muy similar llamado el “Plan Maitland” para la conquista de la América española por Inglaterra.
Pidió a Alvear la gobernación de Cuyo para poner en marcha su plan y este, aunque no lo estimaba en nada, se lo concedió pensando que se lo quitaba de encima. Desde allí presionó a sus diputados para que se declarara la independencia, ya que la cuestión se había dilatado y era necesaria para sus planes.

Organizó en Mendoza un campamento para reclutar, entrenar y equipar un ejército de línea capaz de batirse con los primeros de Europa. Montó una verdadera industria de guerra y lo previó todo, desde avituallamiento hasta la comida de las bestias, sin dejar de distraer al enemigo con una vivo e inteligentísima guerra de zapa. Cruzó los andes con cinco mil quinientos hombres, diez mil mulas y tres mil caballos, artillería, parque, hospital y puentes transportables y, no bien habían bajado todas las tropas, dio la batalla de Chacabuco que le permitió entrar triunfante en Santiago.
Declinó el mando de Chile sugiriendo que se le ofreciera a Bernardo O´Higgins y emprendió las acciones para expulsar a los realistas que se mantenían en el sur.
Fue derrotado en Cancha Rayada, pero su ímpetu y perseverancia lograron reunir de nuevo al ejército y ponerlo en condiciones de dar otra batalla, la que tuvo lugar en los llanos de Maipú y donde derrotó por completo al ejército realista.
Mientras tanto, desde Buenos Aires se le ordena que regrese a esa provincia con todo su ejército para intervenir contra los caudillos federales. Su silenciosa negativa sella la suerte de la independencia, pero deja la sangre en el ojo de los porteños, que sabrán en su momento hacérsela pagar.
Durante su estadía en Chile recibió gran cantidad de críticas por el modo como llevaba la guerra y por haber elegido a O´Higgins quien se disputaba el mando de la revolución chilena con los Carrera. La muerte de dos de ellos y del afamado guerrillero Manuel Rodríguez le fueron injustamente atribuidas, lo que le valió la desconfianza de no pocos sectores de la sociedad trasandina.
Inmediatamente después de declarar la independencia se dio a la tarea de organizar la expedición libertadora al Perú, que navegaría bajo bandera chilena y anclaría en Pisco en 1820.
Mandó a la sierra a Arenales, quien consiguió algunos triunfos y se entrevistó en Miraflores con enviados del Virrey. Así, consiguió la evacuación de la Ciudad de los Reyes y, el 28 de julio de 1821, declaró la independencia de este país.
San Martín fue declarado Protector del Perú con la suma del poder público. Aún era una gran amenaza el ejército virreinal que dominaba la sierra y ordenó una segunda expedición a la sierra y otra a puertos intermedios. Su capacidad para acabar la guerra estaba cuestionada por algunos de sus generales que veían que el argentino destinaba mas tiempo a la organización del estado, a la negociación y a la seducción de los enemigos que a planear campañas para destruir de una vez al Virrey. Sin embargo, San Martín comprendía lo que pocos: el ejército del Perú estaba constituido en un noventa por ciento por americanos, por lo tanto, el capitán de los Andes buscaba ahorrar sangre americana a la transición, ya que sabía que la suerte estaba decidida por la independencia. Su maniobra para dejar pasar a los realistas hasta El Callao, por ejemplo, fue brillante y obligó a esta plaza a rendirse al poco tiempo, pero su pasividad fue confundida con indecisión y aún con cobardía, alejando a algunos de los que habían sido sus mas fieles colaboradores.
Durante el gobierno del Perú, y haciendo un concienzudo análisis de la sociedad peruana, San Martín pensó en formar una aristocracia que gobernara el país e introducir los cambios lentamente. Aunque era, como todo masón, republicano, veía en las jóvenes naciones americanas la necesidad de un régimen paternalista y centralizado hasta que estuvieran maduras para la democracia representativa. Envió representantes a Europa para buscar un soberano, pero en Lima se lo acusaba de postularse él mismo para el trono y le habían puesto el mote de “Rey José”.
Buscó el concurso de las fuerzas Colombianas que venían bajando victoriosas y a las cuales había socorrido con 1500 hombres para la campaña de Quito, mientras enviaba emisarios a pedir auxilio a Chile, donde su pésima relación con el jefe de la escuadra, Lord Cochrane, le valieron la negativa, y a las Provincias Unidad, donde gobernaba el partido de su enemigo Rivadavia, sin que variara la suerte.
Confiaba aun en la expedición que debía organizar Bustos y mandar Güemes para atenazar a los españoles por el Alto Perú, pero la muerte de este último lo dejó sin apoyo.
En julio de 1822 se entrevista con Bolívar, quien era el único que podía proporcionarle la ayuda que necesitaba, pero el Libertador se la niega aduciendo que no disponía de los hombres para tal empresa. San Martín, sin apoyo de Chile ni de las Provincias Unidas, con su ejército mayormente compuesto de reclutas y afectado por las enfermedades, la oficialidad dividida y oposición interna, comprende que los dos no caben en el Perú y decide retirarse del gobierno y del país para pasar a Chile y después a Mendoza.
Allí permanece sin poder llegar a Buenos Aires para ver a su esposa que agoniza porque en el camino hay partidas con orden de detenerlo.
El 11 de febrero de 1824, perseguido, difamado, sin más familia que su pequeña hija, se embarca hacia Europa.
Volvió fugazmente en 1828 al saber que la Argentina estaba en guerra contra el Imperio del Brasil. Aquí se le ofrecieron honores y cargos políticos en medio de la guerra civil y luego del asesinato de Dorrego. La anarquía y el desorden le repugnaban. A todo se negó aduciendo que jamás desenvainaría su espada contra sus compatriotas. Sabía muy bien que los emisarios de uno y otro bando buscarían atraerlo a sus filas y decidió volver a partir sin pisar su tierra, sin pisarla nunca más.
Siguió siempre desde Europa los vaivenes de la política americana a través de las cartas que intercambiaba con antiguos camaradas. Así supo de la agresión francesa contra la Argentina y, sin importarle que estaba asilado en territorio francés, escribió a Rosas para decirle que si de alguna utilidad le era su sable, en tres días se pondría en marcha para Buenos Aires. Luego, al saber de la heroica defensa de la Vuelta de Obligado, legó al Restaurador la espada con la que hizo toda la campaña de América del Sur.
En sus últimos años recibió la visita de varios argentinos, entre ellos Alberdi y Sarmiento, que no comprendieron el testamento político del Libertador y cuestionaron su lucidez.
La guerra civil que azotó a la Argentina durante casi setenta años tuvo vencedores y vencidos. Aquellos que habían militado en unas y otras filas merecieron el olvido y el menosprecio aunque sus virtudes fueran muchas o la adoración y la parafernalia aunque sus luces no fueran tantas.
San Martín cayó entre los primeros, no por ser federal, sino porque sus decisiones hirieron la causa de algunos.
Derrocó a Rivadavia, se enemistó con Alvear, escribó a Artigas, López, Ramírez y Bustos, eligió a O´Higgins y no a Carrera, se le involucró en la muerte de Manuel Rodríguez y de otros dos Carrera, desobedeció a Pueyrredón, enfrentó a Cochrane, discrepó con Bolívar, desairó a los exiliados unitarios que le propusieron el gobierno del país, elogió a Rosas, felicitó a Rosas, legó su sable a Rosas.
En todo fue recto y austero, despreciaba el lujo y la pomposidad. Conoció los corazones de los hombres y aplacó sus pasiones cuando estas se desviaban un ápice del objetivo de liberar a América. Entendió que la diplomacia sutil a veces puede más que una batalla sangrienta y, llegado el momento, dejó su lugar a aquel que tenía más fuerza y mejores recursos para cumplir la tarea y que ésta estaba por encima de los hombres. Al final, no tuvo más remedio que dejar su tierra, olvidar su deseo de terminar sus días como labrador en Mendoza y ver desangrarse a su patria desde el otro lado del mar.
Hoy se lo considera el Padre de la Patria, pero se lo esconde en una pequeña ala de la catedral de Buenos Aires y nos mira desde un billete de tan solo cinco pesos.

domingo, 17 de agosto de 2008 3 Comments

Palmares. Gran Quilombo gran

La caza de hombres es impiadosa. Esperan en la costa los barcos portugueses que pagarán bien la mercancía. No importa si son niños, mas si importa que no sean viejos, porque deberán soportar la travesía atlántica y aún conservar fuerzas para los trabajos que les esperan. Los que superen el trance serán puestos a la venta en alguna playa de Salvador, Olinda o Pernambuco y vivirán lo que les quede de vida cortando caña y haciendo rodar los trapiches.


La solución a la escasez de mano de obra en Brasil fue la importación de esclavos africanos. Los indios Tupis ya no eran suficientes y no alcanzaban los que traían las bandeiras en sus entradas a la selva. El nivel de explotación al que había llegado la caña de azúcar en el nordeste brasileño demandó un verdadero aluvión de africanos a las costas sudamericanas.

De Angola, Guinea o la Costa de Oro traían los negros consigo sus dioses, sus "orixás", su lengua y sus tambores, y el sueño eterno de volver a ver las costas de África.

No era fácil sujetar a un esclavo. Desde el primer día en que pisaron esta tierra se cuentan las fugas a la impenetrable selva que se levantaba como una cortina detrás de la estrecha franja de tierra cultivada. Hacia allí se dirigían y allí empezaron a levantar sus casas, que poco a poco iban formando barriadas que se llamaron “QUILOMBOS”.

De todos los quilombos que hubo en el Brasil, el más célebre fue el de Palmares, ubicado en las serranías del actual estado de Alagoas. Palmares no era un quilombo en sí, si no una confederación de varios “mocambos”, cada uno con un líder local que a su vez respondían a un rey común. Cubría una extensión cercana a la superficie de Portugal y llegó a contar con una población de entre veinte y treinta mil habitantes organizados jerárquicamente con un modelo semejante al de los clanes.

No fueron pocas las veces que se internaron en la selva las tropas portuguesas, holandesas y los mercenarios a sueldo de los señores del azúcar, pero siempre el resultado era el mismo: las tácticas guerrilleras, las trampas, los animales y la cortina verde misma hacían inexpugnable los dominios del cimarrón.

Los quilombolas vivían de la caza, la pesca, el cultivo de maíz, legumbres, mandioca, caña y frijoles y de la cria de animales. Mantenían relaciones comerciales con los poblados de la costa y con otros mocambos. Con relativa frecuencia, organizaban razias para hacerse de armas, animales, hombres y, sobre todo, mujeres, ya que el género masculino era mayoría en la sociedad quilombola.

La noticia sobre la existencia de Palmares corría como reguero de pólvora entre los esclavos de las plantaciones que no perdían oportunidad para fugarse. Allí eran tratados como héroes por haber tenido el coraje de sacudirse el yugo y arriesgar la vida para llegar a la selva, e igualmente eran maltratados aquellos que no se atrevían a dejar la costa y eran arriados en las bajadas de los cimarrones.
Para el propietario de la “fazenda” los quilombos eran una amenaza y, frecuentemente, organizaban entradas o “bandeiras” formadas por soldados del gobernador o mercenarios a sueldo que buscaban restituir a sus “amos” el bien perdido o, mejor, secuestrar niños nacidos en libertad para venderlos en las plazas.

El primer líder de Palmares fue Ganga Zumba, un esclavo traído de África que se fugó a la selva y gobernó el mocambo de Cerro dos Macacos. Reunió bajo su mando los otros quilombos convirtiéndose en Rey (en el sentido africano, no europeo) del término.

Ganga Zumba combatió a los portugueses, luego a los holandeses que se habían apoderado de Pernabuco y a nuevamente a los portugueses hasta que hizo un acuerdo con el Gobernador de esta ciudad por el que serían devueltos a sus amos los esclavos fugados y conservarían la libertad los que hubieran nacido en los quilombos. A esta decisión se opuso el sobrino de Ganga, Zumbí, que eligió no respetar el acuerdo y permanecer en Palmares y continuar la resistencia. alegando que no podía permitir que la libertad no fuera para todos, incluso aquellos que aun estaban en los cañaverales. Poco después, Ganga Zumba moriría envenenado.

Zumbí había nacido libre en Palmares pero fue tomado por una bandeira a la edad de seis años y dado en custodia a un padre jesuita que lo nombró Francisco. A los quince vuelve a su lugar de nacimiento y desde entonces integra las guerrillas que defienden los quilombos. Era muy ágil, diestro en el uso de las armas y muy buen estratega, lo que le valió el respeto de sus pares.
Zumbí, una vez desaparecido Ganga, se hizo con el mando del reino y durante catorce años defendió a sus ciudadanos de la rapiña exterior. Los mocambos que caían eran quemados, pero sobre las mismas cenizas eran reconstruidos una y otra vez con sus enormes empalizadas de madera, sus fosos y sus trampas.

En 1694, Domingos Jorge Velho y Bernardo Vieira inician la ofensiva final sobre Palmares. Cerro Dos Macacos, capital del reino, cae después de una enconadísima resistencia de las tropas mandadas por Zumbí. Éste escapa herido, pero la traición de uno de sus lugartenientes lo condena. Es apresado y decapitado, y su cabeza exhibida en la punta de una pica.

Palmares desapareció como entidad independiente, pero los mocambos de las serranías brasileñas, los palenques de Cuba y Colombia o los cumbes venezolanos no se extinguieron. Continuaron recibiendo oleadas de fugitivos, de cualquier color que fueran, y repeliendo los ataques de afuera. Algunos quilombos se mantuvieron en pie durante trescientos años y sobreviven hasta hoy. Más de dos mil comunidades se declaran reminiscentes de los quilombos, con una población calculada en 1.700.000 habitantes.

La historia de Palmares constituye un hito en la historia de América como una historia de resistencia, de búsqueda de libertad y de lucha contra la esclavitud. Es la historia de todos los que no quisieron perder su identidad y trajeron a este nuevo mundo su sentir y su modo de ver el mundo. El ejemplo que dejaron estos rebeldes fue rápidamente enterrado en el olvido para que no se propague eso de sacudirse de encima los amos y los yugos, para que no circule el cuento de que hay paraísos idílicos donde se puede ser realmente libre, en fin, para que no abandonemos todo y nos vayamos al quilombo a vivir nuestras vidas.


Fuentes:

Rui Costa Pimenta. Zumbí dos Palmares. El Espartaco negro brasileño.
Homens livres e esclavos. quilombodospalmares.org.br
www.javierortiz.net/voz/samuel/quilombolas
www.lacolectiva.com.ar

Para ver:

QUILOMBO. Dir. Cacá Diegues.
http://www.youtube.com/watch?v=-0Bv6ZrCo78&feature=related (1 de 12 capítulos)


jueves, 31 de julio de 2008 1 Comment

Arauco: la guerra más larga.

Desaparecen los taínos, se los lleva la viruela y el acero. Caen como moscas los aztecas, huyen del ruido de la artillería y de los perros, dejan la vida en las calzadas de su gran ciudad. Callan los incas. Siguen mudos con los ojos la ejecución de su dios encarnado. Los que luchan no tienen fuerza, ni pólvora, ni caballos y se van a la selva. Pero en el sur profundo, donde los valles verdes se hacen mas verdes, y el mar se va pegando a la cordillera, resisten los habitantes de la araucanía. Hombres recios, altos y fuertes, inteligentes y astutos, no compran la cruz ni el trigo pero sí aprenden quién es el hombre blanco.

Desde el principio, la conquista de Chile fue una obra ciclópea. Buscando la fortuna que había visto pero no tocado, Diego de Almagro se lanzó al sur del reluciente Perú del que eran dueños los Pizarro. Anduvo desiertos donde no hay ni palabra para nombrar la lluvia y valles que dan vértigo. Encontró indios mansos en el norte a los que pronto mandaría a los lavaderos de oro, y encontró indios hostiles más al sur. Los mapuches habitaron estas tierras durante muchos siglos antes de que llegara el hombre blanco. Ellos solos habían sido la frontera del omnipotente imperio del sol. Geniales guerreros, no se dejaron dominar ni engañar y decidieron dar pelea.

Con Almagro en el Perú, la tarea de la colonización de Chile cayó en manos de Pedro de Valdivia quien pronto vio como se agotaban las tierras del valle central que va desde la cuesta de Chacabuco hasta el río Maule. Al sur de este río habían fundado sus reales los Mapuches. Valdivia no había sentado la planta aun cuando miles de indígenas lo rodearon. Tuvo que abandonar los fuertes que había fundado y refugiarse en Concepción. En la batalla de Tucapel fue capturado por las huestes de Lautaro y posteriormente ejecutado. Era este capitán indígena un antiguo paje de Valdivia. Con los españoles se había criado y de ellos había aprendido tácticas guerreras y el uso del caballo. Escapó hacia territorio araucano y se hizo Toqui. Fue el inventor de la táctica de ataque por oleadas que desgastaba al enemigo hasta derrotarlo. Lautaro llevó la rebelión hasta las puertas de Santiago, pero murió asesinado en su tienda antes del asalto a la ciudad.

Los Araucanos tenían una gran resistencia física, lo que los hacía pelear por más tiempo y más ferozmente. Eran arrojados y no le temían al caballo o a las armas de fuego ni a los castigos o matanzas con los que se intentaba dominarlos a través del miedo. Levantaban fuertes como los de los españoles (Libén, Lincoya) y sabían usar la táctica de la guerrilla para hostilizar y desgastar al enemigo. No eran como los Incas, quienes se desbandaban ni bien veían caer a su líder, sino que seguían luchando. El Mapuche peleaba armado de macana o garrote, lanza, arco y flecha, lazo y boleadoras, y hasta llegaron a dominar el fusil. Aprendieron a montar y lo hicieron diestramente, al mismo tiempo que perfeccionaban tácticas de asedio como el desvío de ríos o las paredes móviles detrás de las cuales se protegían de los tiros españoles.

Durante siglos, los fuertes y ciudadelas que se habían establecido al sur del río Maule vivieron en estado de alerta constante y muchas veces fueron arrasadas y evacuadas ante el asedio de los Mapuches. Arauco, Chillán, Concepción, Purén, Angol, Yumbel, Nacimiento, Santa Bárbara, Valdivia, La Imperial, entre muchas otras poblaciones, fueron construidas y destruidas sucesivamente. Los Españoles no eran dueños mas que de el terreno que pisaban. Los recursos del país eran bien escasos para hacer frente a la guerra, y hubo que recurrir una y mil veces a la plata del Perú para equipar las expediciones y a soldados del Perú para llevarlas a cabo. Pero estas aventuras no eran populares entre las tropas; leyendas horribles se contaban sobre Chile, sobre los Araucanos y sobre el insalubre y húmedo clima del sur. Muchas veces hubo que recurrir a soldados mestizos que se pasaban de bando ni bien veían al verdadero enemigo y no faltaron, tampoco, españoles pasados.

La guerra se había generalizado en toda la frontera, la cual existía de hecho como existía la frontera entre España y Francia en Europa. Aunque intentaran asentarse allende la marca, los españoles eran obligados a replegarse al norte del Bío-Bío.

Muchas veces se celebraron tratados entre los contendientes en un extraño acto de reconocimiento hacia la nación Araucana, como lo hizo García Hurtado de Mendoza o Pedro de Villagra. Sin embargo, estas paces eran consideradas por los Mapuches como tiempo para recuperarse de las epidemias traídas por el europeo o cosechar los campos antes de contar con brazos para reiniciar la batalla, y los materiales que como obsequios recibían eran automáticamente transformados en útiles de guerra.

Ante la imposibilidad de arrojar a los indígenas de sus territorios o someterlos a la autoridad de España, lentamente se fue abandonando la idea de una guerra ofensiva y fue tomando forma el plan de preservar las conquistas logradas mediante una línea de fuertes sobre la frontera, la supresión del servicio personal y la evangelización de los pueblos Araucanos. Este plan dio comienzo a la etapa de guerra defensiva y su más apasionado defensor fue el sacerdote Luis de Valdivia quien celebró con los caciques Anganamón, Tereulipe y Ainavilú el parlamento de Paicaví.

Luego de las batallas de Picolhué, Los Robles y Albarrada, ante la imposibilidad de rendir a los Mapuches liderados por Lientur y Butapichón, entre otros, se celebró el parlamento de Quillín donde se reconoció a los Mapuches como soberanos de su tierra, eximidos de esclavitud y servidumbre, comprometiéndose los españoles a retrogradar hasta el Bío-Bío y despoblar Angol. No obstante, los malos tratos que los españoles brindaban a los indígenas encendieron la llama de la rebelión nuevamente. Para 1655 los fuertes de Talcamávida, Colcura y Arauco se habían perdido, Boroa, Valdivia, Chillán y Concepción sobrevivían bajo sitio. El estado de ebullición se mantuvo hasta 1664 cuando desaparecieron el Toqui Misqui y el Mestizo Alejo, un hábil estratega, antiguo soldado al servicio de España pasado a los Mapuches. Se estima que para entonces entre quince y veinte mil españoles habían muerto en Chile, sesenta mil yanaconas y cien mil guerreros mapuches, mas de dos tercios de la población original Araucana había sido arrasada por las epidemias.

A partir de entonces se empezó a notar una disminución en la voluntad guerrera de los originales habitantes de Chile. Esto en parte se explica por el creciente mestizaje, la interacción con el español y la merma de guerreros a consecuencia de las enfermedades, al tiempo que permitían la entrada de evangelizadores, aunque nunca adoptaron del todo la fe cristiana. Todo esto daría como resultado una paz que duró treinta años.

Los levantamientos continuaron ocurriendo con fuerza hasta 1780 y de allí en más, el mestizaje y el comercio fueron tendiendo lazos entre españoles y araucanos. Sin embargo, el Mapuche se resistía a la integración total con el colono y no permitía el libre tránsito por su territorio en un acto de clara soberanía.

Durante la guerra de independencia, los araucanos pelearon del lado realista para luego volver a sus tierras del sur, donde permanecieron en contacto constante con las tribus pampeanas de las que obtenían ganado que luego vendían en las ferias chilenas. Esta relación entre las tribus araucanas (pehuenches, tehuelches, mapuches, hulliches, etc) de uno y otro lado de la cordillera protegería, hasta finales del siglo XIX, la frontera sur del dominio del huinca (blanco), pero los nuevos estados de Argentina y Chile emprenderían casi paralelamente acciones militares para someter a los indígenas, quitarles sus tierras y enviarlos a reducciones sobre suelos pobres e inproductivos. Los que decidieron pelear fueron exterminados por los remingtons de uno y otro ejército, los sobrevivientes vendidos como sirvientes de grandes hacendados. En Chile, este proceso se denominó “Pacificación de la Araucanía”, en Argentina “Conquista del Desierto”. El resultado sería exactamente el mismo.

Hoy, las comunidades mapuches forman parte del sector mas empobrecido de ambos países, continúan reclamando las tierras que les fueron sustraídas y luchando para mantener su cultura y su lengua vivas con la misma fiereza con la que pelearon una guerra de trescientos años, la guerra más larga de la historia.

Fuentes:
Alonso de Ercilla, La Araucana.
Wikipedia.org
Ernst Samhaber, Sudamerika.

miércoles, 7 de mayo de 2008 2 Comments

La destrucción del Paraguay

En el corazón de América del Sur, flanqueado por enormes ríos y desiertos verdes, ahí se creó el Paraguay. Obra de conquistadores, misioneros y guaraníes, todo mezclado en un mortero con yerba mate y mandioca, la tierra de los fundadores de Buenos Aires siempre se cuido sola. Olvidado rincón del imperio español, nunca tuvo muy en cuenta la autoridad lejana. Rechazó a los bandeirantes y a los porteños y no quiso ser provincia; quiso ser nación.

El Paraguay, gobernado por Gaspar Rodríguez de Francia, recorrió un camino distinto al de las demás provincias del Río de la Plata. Francia creó “estancias de la patria”, suerte de cooperativas agrarias de propiedad comunal, por lo general, en tierras expropiadas a antiguos latifundistas. Impuso duras penas al robo y suprimió todo comercio especulativo, al mismo tiempo que el estado se ocupaba de exportar o negociar la producción. Dio la posibilidad de elegir representantes “por todo el pueblo en uso y ejercicio de los derechos naturales y libres inherentes a todos los Ciudadanos de cualquier Estado, clase o condición que sean”, algo muy distinto a lo que ocurría en el resto de Sudamérica donde había que tener fortuna, color y buen vestido para poder elegir.
A la muerte del Dictador, lo sucede en la presidencia Carlos Antonio López, quién se ocupa de mantener los logros de Francia y, a la vez, modernizar al Paraguay. Convocó a técnicos e ingenieros extranjeros para poner en marcha fundiciones de hierro, fábricas de armas y de pólvora, astilleros, telégrafos y ferrocarriles. El paraguay comerciaba con el mundo a través de su propia flota fluvial y de ultramar. Además, en el país no había analfabetos y el estado becaba en Europa y Estados Unidos sus futuros técnicos e ingenieros. Paraguay carecía de deuda externa, jamás, incluso durante la guerra, pidió un empréstito, mas no pudo escapar a la imposición de estos luego de la contienda.
Este estado moderno, que a nadie pedía ni debía, autoabastecido y conciente de sí era un terrible mal ejemplo para la política que estaba de moda en la Sudamérica progresista, liberal y anglófila de entonces. Era necesario acabar con el “Tirano López” que oprimía a su pueblo privándolo de las bondades de la “civilización” que pregonaban el emperador del Brasil, Mitre y Sarmiento y, de paso, quedarse con buena parte del Chaco o el Mato Grosso, juntar esclavos y mandar al matadero a los gauchos siempre revoltosos de las pampas argentinas.
López no quería la guerra, pero tuvo que aceptarla cuando el Uruguay cayó bajo la bota de Venancio Flores y sus aliados imperiales. No contaría con los federales argentinos, acéfalos como estaban porque Urquiza, su líder natural, se hacía el tonto mientras negociaba con los brasileños. No tenía más que con su ejército, bien entrenado y equipado, para oponerse al cuádruple de fuerza.

La guerra que Mitre había proyectado que duraría tres meses tardó cinco largos años en concluir. Para llevarla a cabo Brasil recurrió a sus esclavos, Argentina a la leva forzosa en el interior y Uruguay a los gauchos de la campaña. Los “voluntarios” de la guerra del Paraguay eran llevados al frente atados de pies y manos. Muchas veces batallones y hasta campamentos enteros se sublevaron y desertaron afirmando que esta no era su guerra, que el Paraguay era una provincia hermana y que el verdadero enemigo era Buenos Aires y el emperador.
Sin embargo, hubo guerra y fue tremenda. El Paraguay y todo su esplendor fue arrasado por las hordas de la “civilización” y el “progreso”. En cinco años de lucha, fue eliminado el cincuenta por ciento de la población total del país y el 99,4% de los varones mayores de diez años murieron. Se destruyeron los astilleros, los hornos de fundición, los telares; las escuelas y los hospitales, aún con los enfermos y heridos dentro, fueron incendiados y las ciudades saqueadas. Los prisioneros paraguayos eran obligados a pelear contra sus compatriotas, aunque muchos corrieron peor suerte y terminaron de esclavos en los cafetales de San Pablo. Al lado de López pelearon los niños, las mujeres y los ancianos hasta la última gota de sangre, derramada en Cerro Corá, donde el Mariscal murió como un tigre, arrinconado por los imperiales.

No le fue mucho mejor a los “vencedores” de la guerra. Argentina tuvo miles de muertos y heridos y se endeudó fuertemente para hacer frente a los costos de la contienda. Lo mismo le ocurrió al Brasil y al Uruguay. Sin embargo, los porteños se sacaron de encima al gauchaje revoltoso, muerto en el lodo de Curupayty y Tuyutí, Brasil mantuvo unido su imperio e Inglaterra, principal instigadora, financista y beneficiaria de la guerra, pudo, por fin, controlar toda la cuenca del Plata.
La guerra del Paraguay tal vez haya sido la guerra mas injusta, sangrienta y vergonzosa de la historia de América Latina. Fue planeada por Inglaterra y sus aliados liberales para borrar del mapa una nación entera, mal ejemplo de independencia y desarrollo. Se manipuló a la opinión pública con una intensa campaña en diarios y manifiestos, tratando de justificar una acción de rapiña, totalmente impopular y demasiado costosa en vidas y bienes.
Es lícito preguntarse qué sería del Paraguay si la guerra del 1865 no hubiera ocurrido, si en vez de destruir, hubiéramos seguido su “mal ejemplo”. Tal vez, hoy América Latina sería un lugar mas justo y próspero, pero no podremos saberlo. Las tres naciones que formaron la alianza tienen hoy todavía una deuda histórica que es necesario saldar para firmar la paz de una vez por todas.

Imágenes: Cándido López.
Fuente: "La guerra del Paraguay" www.lagazeta.com.ar

martes, 1 de abril de 2008 3 Comments

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