Buscame, pero no me encuentres.


Entrando por la desembocadura del gran río, mas allá de las tierras cubiertas de agua, donde los árboles se inclinan formando galerías, donde las montañas se vuelven más y más escarpadas, allí, oculta como un sueño, protegida por la bruma y las fieras, se alza resplandeciente la ciudad de Eldorado.

Nadie dice cuál es el río, ni cuales las tierras inundadas, mucho menos si es ésta selva o aquél bosque impendetrable, ni cuáles de todas las montañas son las que vigilan la entrada. Ni siquiera la llaman de la misma forma. Paititi, Manoa, La Ciudad de los Césares se esfuma como la niebla justo antes de poder tocarla. Por mas que la busquen no aparece, pero juran que existe.

Cuentan que el rey de esta ciudad baña su cuerpo en oro y después se arroja a un lago. Como ofrenda van al fondo hermosos objetos del más fino metal, tanta es la opulencia. Las paredes de los templos y placios están revestidas en plata y los ídolos se alzan en oro sólido varios palmos sobre el suelo.

¿Donde está Eldorado?

¿Está en los campos féritles, en los valles sembrados? ¿Está en los ríos enormes y furiosos, en las aguas claras de los lagos? Tal vez esté en las entrañas de la tierra, bajo las enormes moles coronadas de nieve. Tal vez en las selvas abrasadoras, en los desiertos verdes, en los rojos, en los amarillos. Tal vez en el mar azul profundo y vivo. Tal vez en su gente, rara obra del más grande de los alquimistas.

Eldorado estuvo siempre a la vista de todos. Fue Tenochtitlán, Bogotá, Cuzco. Fue Potosí, Guanajuato, Minas Gerais. Fue el tabaco, la caña, el cacao, el café. Fueron las frutas, el cuero, la carne, la lana. Fue el caucho del amazona, el salitre del desierto y hasta la mierda de los pájaros de las islas del Pacífico.
Ahora es el petroleo de Maracaibo, la Patagonia infinita, los mares del sur reventados de peces. La Amazonía impenetrable que guarda la cura de todos los males. Es la música; la más hermosa mezcla que el mundo haya visto. Es el arte y las ideas. Es el carnaval. Es la fuerza de tenerlo todo; pura potencia. Es todos los paisajes, es toda la gente.

Hoy, este continente sigue buscando al Rey Blanco de la leyenda, el personaje que encarna su destino y su existencia. Un continente inmensamente rico que no puede hallarse a si mismo, que lleva siglos buscándose en el barro y desapareciendo.

La gente de esta tierra busca todos los días a Eldorado. Lo buscan adentro y lo buscan afuera, repitiendo la historia de expediciones perdidas en la jungla, devoradas por tribus ignotas, vencidas por la fiebre. Sin embargo amanecen cada día besando el puño de su espada, jurando que hallarán la ciudad perdida que no pudieron los Cortéses ni los Pizarros ni los Almagros, que buscaban un invisible cuando no tenían más que estirar la mano.

Eldorado es este continente, y a las pruebas me remito.

Foto: Martin Chambi.

sábado, 14 de marzo de 2009 2 Comments

Las Termópilas americanas. David y Goliat de esta tierra. (Parte I)

A lo largo de la historia americana, hechos heróicos, de resistencia, de arrojo y de honor se han repetido en todo el continente. Aun concientes de lo inevitable de la derrota, de lo cercana que estaba la muerte, guerreros de toda extracción y raza han escrito páginas dignas de recordarse, aunque hoy duerman en un dilatado olvido.

La fortaleza verde.
La selva amazónica permaneció durante siglos al margen de la conquista. Ni siquiera los imparables ejércitos de Túpac Yupanqui habían logrado penetrar la maraña verde y, cuando Manco Inca fue sometido, muchos de sus seguidores se internaron allende los Andes.
Juan Santos Atahualpa empezó con sus correrías por el año 1742 acosando las poblaciones españolas de los bordes de la sierra, insurreccionando indígenas y proclamándose heredero del trono Inca.
Varias expediciones fueron enviadas tratando de eliminarlo, pero Santos aplicando las tácticas de guerra de guerrilla, derrotó sucesivamente a las incursiones enviadas por el Virrey y hasta logró avances militares ocupando ciudades españolas por corto tiempo.
Finalmente, la rebelión se extinguió sin conseguir penetrar en la sierra, pero sin haber sido vencida tampoco. Se cree que Santos Atahualpa murió en 1756.
Fuente: http://www.educared.pe/estudiantes/historia4/juan_santos_atahualpa.htma.htm

Vuelvan Caras.

Durante la guerra de independencia de Venezuela, se libraron una innumerable cantidad de batallas y combates en el que ambas fuerzas hicieron demostraciones de valor.
En la batalla de Las Queseras del Medio, José Antonio Páez, al mando de 153 jinetes, salió al encuentro de una fuerza realista mandada por el General Morillo, quien destacó para batirlo una fuerza de 1,000 hombres de caballería. Al verse atacado por semejante fuerza, Páez ordenó la retirada, pero cuando los realistas, confiados de destruir a los patriotas, fundieron en una sola sus columnas de ataque, el comandante llanero gritó “vuelvan caras” haciendo que sus jinetes enfrentaran a los españoles. La confusión envolvió a los atacantes que pronto se dieron a la fuga hasta refugiarse en su infantería dejando en el campo varios muertos.
Los lanceros de Páez quedaron dueños del terreno y Morillo se retiró.

El Bío-Bío.

La conquista de Chile fue un dolor de cabeza constante para la corona española durante tres siglos.
Al sur de ese país habitaban los Araucanos, una nación de varios pueblos de excelentes soldados. Valientes y arrojados, disciplinados y siempre dispuestos a la guerra, los mapuches, huiliches y otras tribus mantuvieron a raya al invasor europeo evitando que estos se asentaran mas allá de las márgenes del Bío-Bío.
Sucesivas expediciones acompañadas de colonos se aventuraron hacia territorio araucano pero fueron rechazados siempre y, los pocos pueblos que pudieron fundarse, vivieron en constante alerta y muchas veces fueron arrasados.
Grandes cantidades de hombres y materiales se consumieron intentando sentar la planta en los bosques del sur, hasta que la corona decidió parlamentar y reconocer al río como la frontera que separaba ambos territorios,
En el siglo XIX, la pacificación de la Araucanía terminó con la resistencia indígena, pero sus descendientes aun conservan el espíritu indomable del gran Lautaro.

La oreja de la discordia.

El imperio universal español empezó a dar muestras de resquebrajamiento a principios del siglo XVIII. El vacío que iba dejando la metrópoli en América era un botín que ninguna potencia europea estaba dispuesta a desestimar. En ese contexto, Gran Bretaña aguijoneaba el comercio americano con piratas y corsarios amparados por la corona, robando algunas islas a España y ocupando algunos puertos momentáneamente. Un episodio leve, como lo fue el corte de una oreja a un marino inglés por parte de un capitán español, lo que desató la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins.
Su batalla mas importante fue el asalto a la ciudad de Cartagena de Indias, en la costa caribeña del virreinato de Nueva Granada.
Cartagena era el puerto más importante del virreinato y uno de los mas importantes de América junto con los de Panamá, Portobello, Callao, Veracruz, Acapulco y La Habana, por ser estos los encargados de organizar el comercio con la metrópoli a través del sistema de flotas y galeones.
Puesto el ojo de Inglaterra sobre esta perla, se dieron a la caza de sus riquezas después de destruir Portobello.
Para conquistar la plaza, el comandante inglés Edward Vernon, contaba con una flota de 186 barcos, 2,620 piezas de artillería y 27,000 hombres: 10,000 soldados británicos, 12,600 marinos, 4,000 reclutas de Virginia y 1,000 esclavos de jamaica. Todo ello conformaba la mas formidable fuerza de asalto jamás vista hasta la Segunda Guerra Mundial, doscientos años después. Apostados en la defensa, 3,000 hombres, 600 arqueros indios y 6 naves al mando del genial marino Blas de Lezo.
Ante el éxito conseguido por Vernon en los inicios del ataque, éste dio por descontada la victoria, haciéndola anunciar en Inglaterra, donde se organizaron celebraciones y hasta se acuñó una moneda conmemorativa donde aparece Lezo de rodillas rindiéndose ante Vernon.
Resistiendo aun el casitllo de San Felipe, el comandante británico ordenó un asalto a sus murallas, el cual fracasó por un error de cálculo en la altura de los muros que debían de escalarse. Así quedaron a mitad de camino los “casacas rojas” a merced del fuego de los españoles quienes diezmaron sus tropas. Al ver que vacilaba el asalto, Lezo ordenó una salida de su infantería que acuchilló a los invasores hasta sus barcos. Allí permanecieron, sin poder desembarcar, asolados por el hambre y las enfermedades durante un mes. Por falta de tripulantes abandonaron muchas naves, aparte de las que fueron hundidas por el fuego de los fuertes.
El costo de la aventura fue de entre 6,000 y 10,000 muertos para los ingleses y 50 naves perdidas con 1,500 cañones. La sangre de 1,000 defensores se cobró, también, la ciudad de Cartagena.
El Rey de Inglaterra, avergonzado por la derrota, prohibió que se hablara del asunto y así permanece velado hasta hoy, aún en la historia de España.

Fuentes.
http://bajoceroenelfrente.blogspot.com/2007/05/el-sitio-de-cartagena-de-indias-1741.html
http://www.todoababor.es/articulos/art_2.htm
http://www.celtiberia.net/articulo.asp?id=2462
http://www.todoababor.es/articulos/defens_cartag.htm

Mbororé. Decir basta.

Las misiones jesuíticas de lo que hoy es el este paraguayo, noreste argentino, sur brasileño y norte uruguayo fueron una isla de progreso en un mar de calamidades para los pueblos indígenas de Sudamérica. Protegidos de los maltratos de encomenderos y corregidores, prosperó en la selva paranaense un imperio de la fe.
Las misiones funcionaban excelentemente bien y producían todo lo que necesitaban para subsistir y aun un importante excedente que colocaban en las cercanas plazas de Asunción o Corrientes. La yerba mate era su principal producto, pero no desatendían otros rubros. Trabajaban la madera y los metales, la piedra y el barro. Cada familia poseía una parcela para cultivar sus propios alimentos, aparte de las tierras comunales. No eran explotados ni explotaban a nadie, se gobernaban a si mismos y disfrutaban de una gran libertad.
Sin embargo, su posición geográfica, justo en la frontera de los imperios español y portugués, los ponían en el ojo de una constante tormenta. Frecuentemente eran llamados a formar milicias para acudir a proteger tal o cual punto que era atacado por soldados enemigos o las temibles “Bandeiras”.
Las bandeiras eran expediciones financiadas por los señores del oro de Minas Gerais o de la caña del norte y tenían su base de operaciones en la ciudad de Sao Paulo. Estas expediciones reclutaban a cualquiera que quisiera enriquecerse con la venta de esclavos, pero mayoritariamente estaban formadas por “mamelucos” mestizos, mulatos y aventureros de todo origen, conocidos por su rudeza y crueldad, mandados por capitanes mas duros y crueles aun.
Hacia la selva paranaense partían, entonces, las bandeiras en busca de comunidades indias para asolar, llevándose a los que podían cargar y matando a los que no podían.
Innumerables veces habían sufrido las misiones el ataque de los Bandeirantes, siendo destruidas ante la falta de armas para defenderlas, ya que la corona española prohibía a los jesuitas tenerlas, obligándolos a abandonar la provincia de Guayra y otros asentamientos.
Ante la insistencia de los padres jesuitas, la corona española accedió a armar a los guaraníes y a enviar once asesores militares de Buenos Aires para entrenarlos.
Mientras tanto, una nueva bandeira se formaba en Sao Paulo, dispuesta a vengar la derrota de Caazapaguazú, ocurrida a finales de 1638. Esta expedición, al mando de Manuel Pires, contaba con 450 hombres armados de arcabuz y 2,700 indios tupíes llevando arcos y flechas, hondas y macanas y, como transporte, más de 700 canoas y balsas.
Esperando el ataque, los jesuitas formaron un ejército de 4,200 hombres, 300 arcabuces, cien canoas y balsas, algunas, artilladas y cubiertas para evitar las flechas.
El 11 de marzo, los bandeirantes bajan con la corriente del río desde su posición de Acaraguá. Sesenta canoas al mando del Capitán Ignacio Abiarú le salieron a cortar el paso, apoyados por miles de soldados Guaraníes apostados en empalizadas de la costa.
El choque fue feroz. La lluvia de balas, piedras y flechas puso en fuga a los portugueses, que emprendieron la presurosa retirada, llendo a fortificarse en una loma de Acaraguá, en donde quedaron sitiados.
Durante los días 12, 13, 14 y 15 de marzo, los bandeirantes, bajo un permanente bombardeo, intentaron infructuosamente romper el cerco con argucias diplomáticas, siéndoles rechazados dos intentos de rendición.
El día 16, forzaron el paso río arriba, solo para caer en una emboscada que le prepararon los indígenas en la desembocadura del arroyo Tabay. Al verse cortados, decidieron ganar la costa e internarse en la espesura. Allí fueron perseguidos sin tregua por los jesuitas, acosados por la deserción, las enfermedades y las fieras. La inmensa mayoría pereció en esta circunstancia, llegando a Sao Paulo, solo un puñado de hombres andrajosos.
Mbororé, además de ser la primera batalla naval de la historia del territorio argentino, marcó el fin de las bandeiras a las misiones y el afianzamiento de estas. Si la suerte de esta batalla hubiera sido otra, probablemente el mapa de América del sur no sería como es hoy.

Fuente: http://www.oni.escuelas.edu.ar/2002/misiones/alto-uruguay/mborore.htm

martes, 13 de enero de 2009 1 Comment

Preludio. La resistencia de Paysandú.

Desde su nacimiento, allá por el éxodo oriental, el Uruguay estuvo en el ojo de una tormenta, rodeada por dos colosos, amagada por los flancos y condenada por su excelente puerto de Montevideo a ser la perla del Atlántico Sur y a parir hijos bravos y contradicciones.
Durante el gobierno de Atanasio Aguirre, Venancio Flores, General Colorado alzado en armas, se dirigió hacia la estratégica plaza de Paysandú con cuatro mil hombres. A estos se le sumaría una escuadra brasileña y seis mil hombres de tropa más con abundante artillería.
Defendía la ciudad una guarnición de entre novecientos a mil hombres al mando del general Leandro Gómez, secundado por Lucas Piriz, con unas pocas piezas de artillería en mal estado, algunos caballos y víveres para resistir unos días el asedio que todos sabían que se avecinaba.
El General Gómez convirtió a la ciudad en una fortaleza. Levantó una torre, el “valuarte de la ley”, en la esquina sudeste de la plaza principal donde apostó tres cañones y un polvorín, se excavaron trincheras y se practicaron orificios en las paredes de las casas linderas para poder pasar de una a otra sin exponerse a los tiros enemigos.
Con todo, Paysandú distaba mucho de ser una plaza fuerte. Estaba rodeado por fuerzas bien pertrechadas y muy numerosas, aislado de toda posibilidad de recibir refuerzos.
Así las cosas, el 4 de diciembre de 1864, Flores envió una nota a Gómez intimándolo a rendirse, a lo que este contestó de puño y letra y al pie del mismo oficio “Cuando sucumba”. Y no eran solo palabras.
A partir de aquí se sucedieron las escenas más heroicas y desesperadas que el río Uruguay recuerde. El ataque a Paysandú se inicio el día 6 de diciembre con el intenso bombardeo de la escuadra brasileña y el ataque de las fuerzas de Flores, que fueron rechazadas en todos los puntos por la diminuta pero bien dirigida artillería de Gómez. Las balas pasaban por sobre las cabezas de los soldados, estallaban en las casas, destruían edificios, mataban.
Durante un mes se peleó en todos lados. En las calles, en las trincheras, en los techos, en las casas, en todas partes donde arreciara el peligro, ahí iban los defensores a cubrir el punto.
El Baluarte de la Ley contestaba los cañonazos que le abrían agujeros con los cañones que iban quedando, algunos desembarcados del vapor Villa de Salto, rescatado por orden de Gómez de la rapiña de los brasileros.
Dentro del recinto se vivía en estado de alerta, bajo la más estricta disciplina. El General había publicado un bando que dictaba que sería pasado por las armas aquel que profanase alguna de las propiedades privadas de los pobladores de Paysandú, que se hallaban evacuados en la Isla de la Caridad, atendidos por entrerrianos. En una ocasión, un voluntario argentino fue sorprendido robando un par de botas y fue condenado a muerte, pena que le fue conmutada por sus servicios a la causa y su arrojo en batalla.
Durante los primeros días del ataque, se pensó en evacuar la plaza y abrirse paso hasta Montevideo, pero una comunicación del gobierno central de que el General Juan Saa venía en su auxilio, hizo permanecer en defensa de la ciudad a la guarnición.
Varios buques de diferentes nacionalidades fondeaban en las inmediaciones de Paysandú. De ellos pretendían los defensores que intercedieran ante el Almirante Tamandaré, de la escuadra brasileña, para que no atacase la ciudad, ya que no existía una declaración formal de guerra entre un gobierno y otro.
También había dos barcos argentinos que desempeñaron una importante tarea humanitaria, pero que eran enviados por el presidente argentino, Mitre, quien apoyaba los planes de Flores, había abastecido en Buenos Aires a la flota brasileña y era hostil al gobierno uruguayo.
Al tiempo que esto ocurría, en la otra orilla del río, los voluntarios argentinos se salían de la vaina para arrojarse al agua e ir en ayuda de sus hermanos. Urquiza eludía el tema, retenía a los hombres con promesas y hacía sus negocios.
La resistencia de los defensores, fundada en la certeza de la pronta aparición del ejército de Saá, recibió un duro golpe el día 29 de diciembre. Luego de mucho pelear y de mantener a raya al enemigo, aparecía a lo lejos una columna. Grande fue la desazón de la plaza cuando notaron que no era Saá, sino los brasileros del Mariscal Mena Barreto.
Ahora, el cerco se había estrechado y solo cabía la desesperada resistencia. Un diluvio de balas de todo calibre caía sobre la ciudad que iba reduciéndose a escombros. Las baterías emplazadas en las alturas, mas los cañones de los barcos brasileños, formaban un infierno de treinta bocas de fuego. Diez mil hombres esperaban el momento del asalto. Para detenerlos, solo unos pocos soldados sin artillería, sin dormir, sin comer.
La guarnición iba reduciéndose minuto a minuto pero aun no llegaba el asalto final. Acudían al punto que flaqueaba los refuerzos, dejando tal vez solo un centinela en el lugar menos amenazado. El General Gómez y todos y cada uno de los defensores hacían prodigios de valor, como el ataque a la bayoneta llevado a cabo por el General Píriz para desalojar la aduana, muriendo el día primero del año 1865 cuando dirigía un piquete de artillería.
Finalmente, con la mitad de los hombres fuera de combate, sin artillería, sin municiones, Gómez decidió convocar una junta de guerra para plantear a Flores un tregua que diera tiempo a recoger los heridos y enterrar a los muertos. Rechazada esta oferta, y ante el avance de los sitiadores, se plantó bandera blanca en todos los cantones y se convocó a las tropas defensoras a formar en la plaza. En esos momentos de confusión, una compañía de infantes brasileños penetraron las fortificaciones y tomaron prisioneros a los sitiados.
El General Leandro Gómez se entregó a un piquete de infantería brasilera, mas luego prefirió ser prisionero de sus compatriotas orientales. A las pocas horas, en los patios de una casa, fue fusilado junto con otros oficiales y su cuerpo salvajemente mutilado.
Finalizó así el sitio y la heróica resistencia de Paysandú. En poco tiempo quedaba todo el Uruguay en manos de los Colorados, aliados de mitristas argentinos e imperiales brasileños. Ambas bandas del Río de la Plata estaban libres para que penetrara por él la “civilización” con rumbo a la destrucción del Paraguay.
Detrás de los barcos de guerra, navegan sin riesgo los barcos mercantes. Al tope de estos la bandera inglesa.
Fuentes.
Diario del Capitán Hermógenes Massanti.
Rivero, Orlando: “Recuerdos de Paysandú”
Textos completos: http://heroicapaysandu.blogspot.com/

viernes, 19 de diciembre de 2008 2 Comments

Bolivia 1952. La revolución domesticada.

Terreno fértil, siempre agitado por terremotos humanos, por el frío que baja de las cumbres y choca con el calor que sube desde las selvas, Bolivia vive desde hace doscientos años buscando un equilibrio esquivo.

En 1952 vivió una de las mayores revoluciones de la historia latinoamericana, no tanto por su movilización o su violencia, sino, mas bien por sus protagonistas y por la oportunidad que se abrió como abre los ojos un recién nacido.
Antes del '52, el 70% de los bolivianos eran campesinos, el elemento obrero no alcanzaba el 10%. El 0.1% de la población (LA ROSCA) controlaba el 70% de la producción minera, el 100% de los servicios y los ferrocarriles, el 46% del comercio y el 26% del capital financiero. El 8,1% de los propietarios agrícolas tenían el 95% de las tierras productivas, dejando al 69,4% de la población con el 0,41% de las tierras aptas para el cultivo. Asimismo, 615 propietarios disponían de 16 millones de hectáreas, la mitad de la cantidad de suelo apto para uso agrícola del país, aunque solo cultivaban el 10% de esa superficie.
Después de años de agitación y descontento, con el linchamiento de un presidente incluido, las elecciones presidenciales de 1951 dieron como ganador al representante del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR) Víctor Paz Estenssoro, un abogado que había fundado ese partido en 1941. De extracción burguesa, el MNR se presentó con consignas nacionalistas a las elecciones y logró imponerse con el 40% de los votos. Sin embargo, un golpe militar, otro más en la historia de Bolivia, impidió que este asumiera el cargo. Paz Estenssoro no se quedó de brazos cruzados y decidió él mismo dar un golpe. Las tropas permanecieron leales al gobierno de Ballivián y la asonada fracasó, pero, al tiempo que los cabecillas del fallido intento se exiliaban en las embajadas, se acercaban a la ciudad de La Paz columnas de mineros y campesinos. Estos interceptaron un tren militar en Mulluni y con esas armas marcharon sobre el ejército, cortando su línea de suministros, atacando la guarnición de El Alto y bajando a la ciudad. La lucha fue casa por casa, cuerpo a cuerpo. Con la dinamita con que los mineros abrían socavones ahora abrían claros en las filas de soldados, quienes tuvieron que elegir entre la rendición o el exterminio. El 11 de abril de 1952, cuatro mil soldados del ejército de Bolivia desfilaron en paños menores frente a las columnas de mineros y campesinos embriagados de triunfo.
La movilización que había visto la ciudad de La Paz no fue una casualidad, respondía a un programa creado y difundido por el Partido Obrero Revolucionario (POR) en el congreso de la FTSMB en 1946 llamado "Tesis de Pulacayo" que, entre otras cosas, establecía la escala móvil de salarios, reducción de la jornada de trabajo, ocupación de las minas, control obrero de la producción, apertura de las cuentas comerciales y armamento de los trabajadores. Con máximas como "toda huelga es el potencial comienzo de una guerra civil y a ella debemos ir armados" o "todos los sindicatos están obligados a formar piquetes armados con los elementos más jóvenes y combativos" la Tesis se ocupó de formar los cuadros de combate de la clase obrera boliviana.
La revolución triunfante llamó al presidente electo a ocupar el gobierno.
Esto generó un doble poder, MNR-COB, que regiría los destinos de la república durante dos lustros.
La COB, en la que se aglutinaban no solo mineros, sino campesinos, estudiantes,
intelectuales y miembros de la pequeña burguesía, presionó al MNR para que cumpliera con sus promesas electorales y diera un giro nacionalista a la política del país. Así, el se dio impulso a la nacionalización de las minas para canalizar las ganancias extraordinarias de esa actividad hacia la diversificación de la economía boliviana. Al mismo tiempo, se aprobó la ley de sufragio universal para todos los mayores de veintiún años sin restricciones de raza, nivel cultural o socioeconómico, multiplicando por cinco el padrón electoral.
El 2 de agosto de 1953 empezó a regir la Ley de Reforma Agraria, que repartía los latifundios a un millón de campesinos sin tierra, aunque ya muchas habían sido ocupadas por acción directa de los campesinos, terminando con la condición servil y cuasi-feudal de muchos trabajadores agrícolas.
No obstante estos cambios, el MNR no tenía en sus bases concepciones puramente socialistas y la COB, el POR y la FSTMB, que sí las tenían y predicaban, prefirieron apuntalar al gobierno de Paz en lugar de tomar el poder en sus propias manos. Solapadamente, el MNR empezó a reconstruir un ejército para Bolivia, que lo había perdido en abril del '52, con armas compradas a Estados Unidos, siguiendo una línea que lo llevaría a reedificar el estado burgués anterior a la revolución.
Pronto quedaría claro que la expropiación de las minas no había dado al estado las ganancias extraordinarias que esperaba. La reforma agraria repartió latifundios de baja productividad y la renovación de maquinaria agrícola no se verificaba, por lo que se debió recurrir a la importación de alimentos que, al ritmo de la inflación, elevaron el costo de vida real. Mientras tanto, el precio del estaño caía, y el gobierno debía afrontar los pagos de exorbitantes indemnizaciones a los dueños de las minas y latifundios expropiados.
Bolivia dependía de sus exportaciones de estaño, las cuales tenían un comprador por excelencia: Estados Unidos. Ante las medidas del gobierno del MNR-COB, tanto la embajada estadounidense en Bolivia, como los asesores de este país comenzaron una campaña para evitar que el país se convirtiera en un país netamente socialista. Estados Unidos no podía valerse de un ejército para dar un golpe de estado (como haría en Guatemala en el ’54) simplemente porque este no existía como tal, por lo tanto, optó por extorsionar al gobierno boliviano restringiendo sus compras de mineral y exigiendo condiciones para prestar su ayuda alimentaria, económica o técnica. Con el déficit de la balanza de pagos estrangulando al estado, el MNR, exhibiendo fisuras en su estructura, terminó por aceptar los tristemente célebres Planes de Emergencia del FMI y Estados Unidos: postergación de la diversificación de la economía, devaluación de la moneda, control de precios, congelación de sueldos y salarios, reducción del gasto en salud y educación y control de la importación.
Quizás el error más grave que la revolución cometió fue no tomar en sus propias manos el poder político. Al entregarlo al MNR, que era una extraña mezcla de facciones que coincidían solo en su origen burgués, perdieron la oportunidad de llevar a fondo medidas realmente socialistas. Así, permitió la recuperación de La Rosca, la intervención silenciosa de Estados Unidos, el rearme de un ejército boliviano (un agente represivo y golpista) y el desmantelamiento progresivo del movimiento obrero y campesino.
No obstante, las reformas del período 1952-1964 no carecen en absoluto de aspectos positivos. La revolución vino a romper con la somnolencia tradicionalista del país, sacudiendo (aunque no removiendo) los rasgos de caudillismo o cacicazgo que eran comunes en las comunidades andinas. La reforma agraria supuso un nuevo sistema orientado a la producción de excedentes comercializables en contrapartida del antiguo uso familiar o comunal de la tierra dirigido casi exclusivamente a la subsistencia, incorporando la posibilidad de movilidad social, hasta entonces, algo impensado, y terminando con el servilismo colonial. Se promovió el desarrollo de las zonas orientales del país y se fomentó la explotación petrolera. Se abrieron caminos para conectar y relacionar a los departamentos entre sí, atenuando el marcado regionalismo que aun hoy carcome a Bolivia. El elemento campesino-proletario que hasta entonces había sido tratado simplemente como mano de obra barata y dócil pasó a ser una fuerza política capaz de controlar al país y una fuerza militar en condiciones de batirse con ejércitos profesionales. Las reformas electorales dieron voz y voto a una enorme cantidad de personas hasta entonces marginadas de la vida política y el establecimiento de la educación universal y obligatoria redujo el analfabetismo.
En 1964, un golpe de estado derrocaba al gobierno. Terminaba el período más agitado y fascinante de la vida política de Bolivia en el siglo XX. Se perdía (o se escondía) la oportunidad de construir un país igualitario, sin regionalismos, ni racismo, sin Medialuna vs. Altiplano, consciente de si mismo, soberano y fuerte.
Ahora, un par de ojos negros se asoma.

viernes, 10 de octubre de 2008 2 Comments

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