La destrucción del Paraguay

En el corazón de América del Sur, flanqueado por enormes ríos y desiertos verdes, ahí se creó el Paraguay. Obra de conquistadores, misioneros y guaraníes, todo mezclado en un mortero con yerba mate y mandioca, la tierra de los fundadores de Buenos Aires siempre se cuido sola. Olvidado rincón del imperio español, nunca tuvo muy en cuenta la autoridad lejana. Rechazó a los bandeirantes y a los porteños y no quiso ser provincia; quiso ser nación.

El Paraguay, gobernado por Gaspar Rodríguez de Francia, recorrió un camino distinto al de las demás provincias del Río de la Plata. Francia creó “estancias de la patria”, suerte de cooperativas agrarias de propiedad comunal, por lo general, en tierras expropiadas a antiguos latifundistas. Impuso duras penas al robo y suprimió todo comercio especulativo, al mismo tiempo que el estado se ocupaba de exportar o negociar la producción. Dio la posibilidad de elegir representantes “por todo el pueblo en uso y ejercicio de los derechos naturales y libres inherentes a todos los Ciudadanos de cualquier Estado, clase o condición que sean”, algo muy distinto a lo que ocurría en el resto de Sudamérica donde había que tener fortuna, color y buen vestido para poder elegir.
A la muerte del Dictador, lo sucede en la presidencia Carlos Antonio López, quién se ocupa de mantener los logros de Francia y, a la vez, modernizar al Paraguay. Convocó a técnicos e ingenieros extranjeros para poner en marcha fundiciones de hierro, fábricas de armas y de pólvora, astilleros, telégrafos y ferrocarriles. El paraguay comerciaba con el mundo a través de su propia flota fluvial y de ultramar. Además, en el país no había analfabetos y el estado becaba en Europa y Estados Unidos sus futuros técnicos e ingenieros. Paraguay carecía de deuda externa, jamás, incluso durante la guerra, pidió un empréstito, mas no pudo escapar a la imposición de estos luego de la contienda.
Este estado moderno, que a nadie pedía ni debía, autoabastecido y conciente de sí era un terrible mal ejemplo para la política que estaba de moda en la Sudamérica progresista, liberal y anglófila de entonces. Era necesario acabar con el “Tirano López” que oprimía a su pueblo privándolo de las bondades de la “civilización” que pregonaban el emperador del Brasil, Mitre y Sarmiento y, de paso, quedarse con buena parte del Chaco o el Mato Grosso, juntar esclavos y mandar al matadero a los gauchos siempre revoltosos de las pampas argentinas.
López no quería la guerra, pero tuvo que aceptarla cuando el Uruguay cayó bajo la bota de Venancio Flores y sus aliados imperiales. No contaría con los federales argentinos, acéfalos como estaban porque Urquiza, su líder natural, se hacía el tonto mientras negociaba con los brasileños. No tenía más que con su ejército, bien entrenado y equipado, para oponerse al cuádruple de fuerza.

La guerra que Mitre había proyectado que duraría tres meses tardó cinco largos años en concluir. Para llevarla a cabo Brasil recurrió a sus esclavos, Argentina a la leva forzosa en el interior y Uruguay a los gauchos de la campaña. Los “voluntarios” de la guerra del Paraguay eran llevados al frente atados de pies y manos. Muchas veces batallones y hasta campamentos enteros se sublevaron y desertaron afirmando que esta no era su guerra, que el Paraguay era una provincia hermana y que el verdadero enemigo era Buenos Aires y el emperador.
Sin embargo, hubo guerra y fue tremenda. El Paraguay y todo su esplendor fue arrasado por las hordas de la “civilización” y el “progreso”. En cinco años de lucha, fue eliminado el cincuenta por ciento de la población total del país y el 99,4% de los varones mayores de diez años murieron. Se destruyeron los astilleros, los hornos de fundición, los telares; las escuelas y los hospitales, aún con los enfermos y heridos dentro, fueron incendiados y las ciudades saqueadas. Los prisioneros paraguayos eran obligados a pelear contra sus compatriotas, aunque muchos corrieron peor suerte y terminaron de esclavos en los cafetales de San Pablo. Al lado de López pelearon los niños, las mujeres y los ancianos hasta la última gota de sangre, derramada en Cerro Corá, donde el Mariscal murió como un tigre, arrinconado por los imperiales.

No le fue mucho mejor a los “vencedores” de la guerra. Argentina tuvo miles de muertos y heridos y se endeudó fuertemente para hacer frente a los costos de la contienda. Lo mismo le ocurrió al Brasil y al Uruguay. Sin embargo, los porteños se sacaron de encima al gauchaje revoltoso, muerto en el lodo de Curupayty y Tuyutí, Brasil mantuvo unido su imperio e Inglaterra, principal instigadora, financista y beneficiaria de la guerra, pudo, por fin, controlar toda la cuenca del Plata.
La guerra del Paraguay tal vez haya sido la guerra mas injusta, sangrienta y vergonzosa de la historia de América Latina. Fue planeada por Inglaterra y sus aliados liberales para borrar del mapa una nación entera, mal ejemplo de independencia y desarrollo. Se manipuló a la opinión pública con una intensa campaña en diarios y manifiestos, tratando de justificar una acción de rapiña, totalmente impopular y demasiado costosa en vidas y bienes.
Es lícito preguntarse qué sería del Paraguay si la guerra del 1865 no hubiera ocurrido, si en vez de destruir, hubiéramos seguido su “mal ejemplo”. Tal vez, hoy América Latina sería un lugar mas justo y próspero, pero no podremos saberlo. Las tres naciones que formaron la alianza tienen hoy todavía una deuda histórica que es necesario saldar para firmar la paz de una vez por todas.

Imágenes: Cándido López.
Fuente: "La guerra del Paraguay" www.lagazeta.com.ar

martes, 1 de abril de 2008 3 Comments

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