La delgada línea entre los opuestos

Con la emancipación, los nuevos países de América tuvieron que enfrentar la organización nacional. En todos, este fue un proceso doloroso, salpicado de guerras civiles que en algunos casos se prolongaron hasta las últimas décadas del siglo XIX.
Vencidas las posturas monárquicas, se adoptó la república como sistema de organización del estado, aunque dentro de esta, las facciones pugnaron por hacerse del poder. Surgieron, entonces, federales y unitarios, liberales y conservadores, blancos y colorados, la costa y la sierra. Los caudillos se erigieron como paladines, centauros protectores y opresores del pueblo, en un doble juego constante.
Desde 1810, en lo que hoy es la Argentina, estas pugnas se hicieron evidentes. Lo que comenzó como un enfrentamiento entre moderados (encarnados por Saavedra) y radicales (Moreno), evolucionó hacia un conflicto cuyas consecuencias aún hoy subsisten y que tuvo tantos matices como soldados enrolados en sus filas. Las posturas de los principales actores de esta tragedia (a veces, comedia), variaron según la corriente de los hechos y el monto del soborno fluctuaban. Las traiciones y los cambios de bando no escasearon nunca, como así también, los dobles discursos. No se trató solamente del puerto contra el interior, ni de civilización contra barbarie, muchos factores mas mundanos influyeron en la elección de uno u otro bando. Existieron gobernadores de provincia que se declararon unitarios, en algo que, mediante una visión simplista (que, lamentablemente, predomina) constituye una contradicción. Otros fueron arrastrados por las banderas de la religión, de la tradición o de la simple obediencia al patrón de la estancia. Muchos autores dan a Mariano Moreno el rol de precursor del unitarismo, aún obviando el hecho de que, en su Plan de Operaciones, postule el proteccionismo de la industria nacional, a sabiendas, uno de los pilares del pensamiento federal. Ramírez, de común acuerdo con Sarratea y López, corrió a Artigas hasta el exilio. Lavalle vivió atormentado por el fusilamiento de Dorrego, a quien consideró un patriota y gran hombre. Rosas se movió en una nebulosa de medidas y símbolos federalistas y, al mismo tiempo, obstaculizó los proyectos de constitución nacional, mantuvo el control y el usufructo de la aduana y promulgó medidas proteccionistas que tuvieron efecto sólo en cortos períodos de su mandato, e, incluso, se le involucró en el asesinato de Quiroga. Urquiza, federal de pura cepa, se levantó en armas contra el Restaurador, acicateado por los unitarios exiliados en Montevideo. Entró en Buenos Aires al frente del Ejército Grande con tropas del Imperio del Brasil, aliado histórico de los doctores porteñistas, ateos, abajeños, civilizados y salvajes unitarios, usando poncho, galera y divisa punzó. Mas tarde, abandonó a la Confederación que lo tenía como líder, organizó las levas forzosas de gauchos para la impopular guerra contra el Paraguay e hizo oídos sordos a los reclamos de Chacho Peñaloza y Felipe Varela, hoy paradigmas del federalismo, que, no obstante combatieron al estanciero de ojos azules. Alberti, unitario ilustrado, escribió, en sus últimos años, palabras de elogio hacia los federales que antes había denostado.
A estas convulsiones no escapó casi ninguno de los países de América Latina, quizás, solo Paraguay y Brasil. Venezuela tuvo su guerra federal, en Colombia se enfrentaron Liberales y Conservadores, mismo nombre tuvieron en Chile. México tuvo varias guerras civiles, Perú no durmió una sola noche en paz durante muchos años después de que se fueron los Libertadores. Bolivia y Ecuador marcharon y contramarcharon al paso de sus caudillos y la América central siempre fue un polvorín. Dos proyectos de país pelearon por imponerse durante décadas. La frontera entre unos y otros nunca fue mas que una delgada línea que muchos han cruzado de ida y de vuelta mas de una vez. Y se sigue cruzando.

viernes, 17 de agosto de 2007 Leave a comment

El silencio de los Libertadores

Entre 1808 y 1811 florecieron en todo el continente las Juntas Gubernativas, en la letra, conservadoras de la soberanía de Fernando VII; en la práctica, embrionarios gobiernos criollos de estados independientes. Al tiempo que esta segunda intención se hacía manifiesta, la resistencia realista se ponía en marcha para sofocarlas. Rápidamente se acallaron los fusiles de la Revolución Cochabambina de Murillo en 1809, fracasó la expedición de la Primera Junta de Buenos Aires al Paraguay y se ahogaron en sangre las Primeras Repúblicas de Chile y Venezuela y la Patria Boba de la Nueva Granada. Era la guerra, declarada y abierta, enconada y cruenta.

A pelearla acudirían antiguos oficiales del Ejército del Rey, comerciantes, ganaderos, abogados y curas, esclavos, indígenas, peones y mineros. Los guiarían los Libertadores, estirpe americana, puro carácter y decisión. Artigas, Bolívar, Belgrano, San Martín, Sucre, O´Higgins, Miranda, Hidalgo, Morelos...ninguno tendría paz ni recompensa luego de quince años de matar y morir en los campos de batalla. Sus figuras, demasiado grandes, serían peligrosas para los gobiernos emergentes de las fraccionadas repúblicas americanas. Demasiado influjo tenían sobre los pueblos y las tropas, demasiado poder.

El temor siempre estuvo camuflado de ingratitud para los mezquinos, los enredadores y para los agentes extranjeros que no veían mas allá de sus latifundios o sus consulados en Europa, para quienes nunca existió mas patria que sus estancias o sus acciones en alguna banca de allende el mar.

Bolívar murió en 1830 en Santa Marta, Colombia. Ya no su gran Colombia de Boyacá y Carabobo, esa no existía. Su espada había forjado una gran nación que el filo del egoísmo ahora cortaba en cinco estados debiluchos. Se lo atacó con saña donde antes había sido aclamado, se le acusó de tirano, se le alejó de su tierra, se le negó el descanso. Al fin se quedó sin fuerzas y no pudo con su pena.

San Martín vivió treinta años en Europa, alejado de la tierra que lo había visto nacer y por la que había dejado todo. Ni Chile, que le debía su independencia, ni el Perú que él había despertado, ni las Provincias Unidas del Rio de la Plata pudieron o quisieron darle un lugar para descansar de tanta guerra. En Buenos Aires, fundo de Rivadavia, su nombre era mala palabra y sinónimo de traidor por haberse negado a retrogradar un ejército que él había armado para asegurar la independencia y no para abrir el pecho de otros argentinos. En el Perú le pusieron el mote de Rey José y lo abandonaron sus mejores generales. Intentó una vez volver a su país, pero este nada tenía para si, mas que agravios y la tumba de su esposa. Se embarcó sin pisar suelo argentino para terminar sus días en Francia, pobre y olvidado.

Artigas, en su tiempo Protector de los Pueblos Libres, tuvo también su largo exilio. Treinta años dedicó su tiempo al cultivo de una parcelita de tierra en Paraguay. Lo corrieron los Portugueses que invadieron la Banda Oriental, las armas que las rentas del puerto podían pagar y los antiguos aliados enredados por la retórica hipnótica del vil metal. Nunca tuvo más bandera que la federal, cruz suficiente para su condena.

Belgrano, creador de la bandera argentina, héroe de las invasiones inglesas, General vencedor de Salta y Tucumán, abogado patriota y miembro de la Primera Junta de Gobierno, expiró solo y pobre en 1820. Morelos e Hidalgo murieron por México, traicionados por los suyos. O´Higgins vio las espaldas de sus conciudadanos antes de dejar Chile para siempre y radicarse en el Perú. Sucre, Gran Mariscal de Pichincha y Ayacucho, genial militar y persona brillante, murió asesinado en los bosques de Ecuador por bandidos a sueldo. A otros muchos, la traición les tendió el puente al mas allá, como a Güemes, muralla contra la que se estrellaron los orgullosos ejércitos relistas del Alto Perú.

El olvido, la condena, el oprobio y el exilio fueron las armas del miedo de aquellos que se sabían pequeños y que solo podrían mantenerse en su telaraña si los grandes hombres ya no estaban. La historia americana seguirá dando garrotazos en la cabeza para provocar la amnesia de los pueblos hasta el día de hoy, borroneando los libros de escuela, manipulando el almanaque, proscribiendo a quien merece el bronce y el mármol.

Cada vez que alguien oiga hablar de un demagogo, de un tirano, de un loco, de un idealista, de un soñador o un romántico que no tiene los pies sobre la tierra, que desconfíe, porque allí, tal vez, haya un Libertador.

domingo, 5 de agosto de 2007 Leave a comment

América, la rebelde (parte III)

Nunca se detiene la rebelión en América. Todavía no se callaban los cañones de Curupayty cuando México se levantaba para expulsar a los franceses y a su austriaco emperador. Un poco antes habían resistido Valparaíso y El Callao el ataque de la escuadra española que quería el guano de las islas del pacífico. Las montoneras argentinas no dejaban de alzarse en mares de lanzas y caballos que los ejércitos regulares intentaban frenar. Mismo mar de lanzas que se opuso a los rémington de Roca, hasta que se entregó el último rebelde, Sayhueque, en el año de 1884. En la guerra del Pacífico, un pequeño barquito rebelde le hizo frente a toda una armada, el monitor Huáscar, y su capitán, Grau, resistieron hasta dar la vida por el Perú, como resistieron los guerrilleros de la sierra la ocupación chilena durante tres años.

Rebeldes Antonio Maceo y José Martí en Cuba, puños y letras de la independencia. Rebeldes los españoles de Cuba, Puerto Rico y Filipinas que resistieron el ataque de Estados Unidos, nuevo director del teatro de marionetas.

Hubo guerra civil en Bolivia en 1899, y, el mismo año, la revolución acreana le cercenó otro pedazo de amazonas para dárselo a Brasil en plena fiebre del caucho. Antes de irse el siglo, el Bogotazo incendió toda Colombia.

En 1910 comenzó una rebelión como pocas. Quizás la mas arquetípica de las luchas, la mas romántica y, también, mas dolorosa. Aborígenes de todos los pueblos, campesinos de las grandes haciendas del México latifundista, mujeres, niños y viejos, todos a las armas detrás de las figuras magnéticas de Pancho Villa, que venía del norte, y de Emiliano Zapata, que avanzaba desde sur. Al final compartieron el sillón presidencial en la Ciudad de México, pero todo aquello por lo que habían luchado se disolvió en la burocracia y la traición les calló las voces.

Se ahogó en sangre la rebelión de la patagonia argentina, como habían fracasado las revoluciones radicales del parque, 1893 y 1905. En Panamá sentó la planta la revolución de los Kuna. En Nicaragua, Augusto Sandino, gran rebelde, enfrentaba a los soldados yanquis de la United Fruit y Feliciano Ama levantaba a los indígenas de El Salvador. Fueron rebeldes Joao Pessoa y Getulio Vargas en Brasil, en Ecuador estalló la revolución Gloriosa del 28 de mayo de 1944, en Puerto Rico fue rebelde toda su vida Pedro Albizu, y, en Bolivia, Víctor Paz Estenssoro y el MNR del 52. En Guatemala, Jacobo Arbenz fue rebelde, como Castillo Armas, que lo derrocó con la anuencia de la C.I.A. En Cuba, los rebeldes Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara hicieron una revolución modelo y la exportaron al resto del mundo.

En esos años, América Latina era un mar efervescente. La revolución estaba en todos lados, en las selvas colombianas o brasileñas, en el monte tucumano, en las ciudades. El Che apareció en Bolivia y fue ejecutado en 1967 por orden, otra vez, de la C.I.A. Mientras tanto, se sucedían gobiernos democráticos con levantamientos militares como el de Pinochet en Chile contra Salvador Allende, florecían movimientos guerrilleros como los Tupamaros uruguayos, estallaban revoluciones como la de abril de 1965 en República Dominicana y manifestaciones populares como Tlatelolco o el Cordobazo

La década del ochenta vio la vuelta de la democracia, pero las rebeliones no cesaron. En Nicaragua el FSLN y los Contras, los Sem Terra del Brasil, los movimientos campesinos e indígenas de Perú, Ecuador, Bolivia y México y los movimientos que derrocarían a los dictadores. Mas cerca en el tiempo, en 2001 en Argentina estalló la rebelión. También en Venezuela, con el golpe frustrado a Hugo Chávez y en Ecuador con la Revolución de los Forajidos de 2005.

América ha vivido en rebelión permanente desde antes de la llegada de los europeos. Está en su génesis y en su ADN el rebelarse, el levantarse irguiendo lanzas, fusiles y banderas. Aquí solo se mencionan algunas, y solo algunas de las rebeliones que forjaron y siguen moldeando la identidad de este continente, tan amado, tan temido, tan codiciado que, seguramente, seguirá sacudiéndose y seguirá dando a luz rebeldes.

miércoles, 1 de agosto de 2007 Leave a comment

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